“Sin Plan de Vuelo”

Hay ciertos días
En los que me encuentro tan lejos de mi!
Entre bloques de cemento
y gente que corre apurada hacia algún lugar
mi cuerpo solo es un envase vacío que añora
la fosforescencia de las luciérnagas en el monte.
Hay ciertos días,
en los que el pálido fulgor de las luces que en las calles cuelga el municipio
me parecen una réplica absurda y triste
de mi cielo con estrellas.
Hay ciertos días,
en los que las voces en un tiempo amigas
no tienen nada que contarme.
Sin embargo, esos mismos días,
el rumor de los grillos y el ladrido de los perros
me revelan secretos hasta el amanecer.
Hay ciertos días,
en los que echarme a volar
-aunque mariposa en la tormenta,
aunque sin plan de vuelo-
se vuelve la opción más cercana.
Mientras la gente importante debate sobre procesos inflacionarios,
sentir el viento en la cara como una caricia de los dioses y desde lo alto
verlos empequeñecer.
Hay ciertos días,
en los que no tolero el olvido
y regreso a ese territorio de ausencias que es la infancia
a llorar por las cosas que solo entendí cuando dejé de habitarlo.
Hay ciertos días,
en los que solo es posible regresar a mí
si lo hago descalza
y entre flores azules.

                         Texto: Luisina Balestieri

“Peces”

Suena en la radio
todo está a punto de explotar
tranquila y vamos
que somos peces en el aire.

Llevo tres virtudes y un millón de nubes.

Todo es tan claro
no soy el único que vive a contramano
son más los peces en el aire.

Llevo tres verdades y ninguna vale.

Tengo un río por volar
entres mis alas
y otro cielo por nadar
en mis escamas.

Cuando dejemos de ser
Vas a mirarnos volver.

                          Letra: Chino Mansutti

 

 

“Encender una Luz”

En medio de la noche más ciega, cerró los ojos y su entorno se
oscureció un poco más.
Desde el fondo de la negrura espesa y sin formas recordó las noches
de verano en el campo, en las que un apagón repentino ensombrecía
la hora de la cena.
Recordó el silencio que venía después, como si el mundo se vaciara
no solo de los colores sino también de los sonidos que lo habitaban.
Pero recordó que al cabo de unos minutos los ojos se acostumbraban
a distinguir las sombras entre las tinieblas y los oídos, a percibir los
susurros con que el monte hablaba a lo lejos.
Sentada en la galería que daba al patio veía los destellos que las
luciérnagas dibujaban en el aire. Bichitos de luz los llamaba.
También los ojos de los gatos se volvían faros que seguían sus
movimientos desde la penumbra.
El cielo se hacía más grande y las estrellas se acercaban a sus manos
parpadeando como niños sonrientes. Brillaban como piedras
preciosas. Por eso no pudo entender entonces que ya no existieran,
que solo fueran el recuerdo del brillo con que habían titulado hace
millones de años como le contó su padre una de esas noches.
Algunas caían en el fondo inalcanzable de la laguna dibujando una
estela luminosa y aunque nunca encontró ninguna, no dejó de
buscarlas cada día siguiente en el lugar en que creía que habían
caído. Algún día la encontraré antes que nadie, se decía.
Recordó además que cuando el tiempo pasado en la negrura hacia
presumir que la oscuridad sería duradera, su madre encendía el farol
a kerosene y cenaban en ronda bajo un aro de luz íntimo y amarillo
que atraía polillas y mariposas.
Si tan solo alguien encendiera una luz, pensó.
Y fue entonces que descubrió que nadie más lo haría por ella.

                                                                               Luisina Balestieri

 

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