De pronto, el aire se volvió irrespirable. Como en una escena dantesca, descubrimos que el fuego estaba por todas partes. En los cuatro puntos cardinales las llamas devoraban pastizales, arbustos, animales, árboles. Y se acercaba cada vez más. No salíamos de nuestro asombro. Y tímidamente, comenzaron las preguntas. Mientras, otras voces, las menos, empezaron a exigir la siempre postergada ley de humedales. Durante varios días los incendios en las costas de la región santafesina ocuparon los titulares de los medios masivos de comunicación. Pareció, por un instante, que la crisis sería una oportunidad. Pero por suerte llegaron las lluvias. Y apagaron el fuego. Y aplacaron los miedos. Y, rápidamente, dejamos de cuestionarnos. Y nos alegramos mucho que todo hubiese sido una pesadilla pasajera.

¿Lo fue?

 

Divino tesoro

 

Los humedales son vitales para garantizar la sobrevivencia de la humanidad. Lo han sido desde tiempos inmemoriales. Y la razón es muy sencilla. Estos ecosistemas de transición, tan propios de nuestro paisaje litoraleño, nos proveen de agua dulce, nos brindan alimento y permiten regular el impacto de las inundaciones. Los pueblos antiguos lo supieron y, durante siglos, aprovecharon sosteniblemente su generosidad, los preservaron amorosamente y los incluyeron en sus plegarias. Nos los heredaron, para que sigamos bebiendo, nutriéndonos, curándonos. Construyendo vajillas. Levantando paredes y cubiertas. Para que sigamos tejiendo la intangible trama que nos vincula con el entorno, del que finalmente somos parte.

Algunos lo olvidaron. Y otros no lo hicieron. Por el contrario.

La quema de pastizales en las islas, que viene siendo denunciada desde hace décadas, es una práctica irresponsable que se ha incrementado sensiblemente en los últimos años por el corrimiento de la ganadería al sector, empujada por la expansión de la frontera agrícola. Sobre todo, por el monocultivo de soja. La lógica productivista, sin medir los costos y la desidia del Estado por el cuidado de los bienes naturales, ha determinado que sea «barato» hacer uso del fuego, sin importar la pérdida de materia orgánica, el incremento de los gases de efecto invernadero que se inyectan a la atmósfera más las inconmensurables complicaciones respiratorias que se suceden por la contaminación del aire. En tiempos de pandemia por un virus que justamente corrompe el sistema respiratorio. Pareciera que nos empecinamos en el suicidio en masa.

Zona de promesas

 

Una normativa que regule el sistema de humedales es urgente y necesaria. No sólo permitiría frenar su degradación y contaminación, sino pensar, colectivamente, como podemos preservarlos, recuperarlos y protegerlos. Al menos, generar las condiciones de posibilidad. Por ello es urgente y necesaria. Y, por eso, la queremos ahora. Pero no es suficiente. Debemos, como sociedad de este tiempo histórico, reconocer su valor cultural y devolverles entidad como reserva de diversidad biológica. Una herramienta fundamental para mitigar los impactos negativos del modelo extractivista, que expolia la naturaleza y el presente de miles de pares sumidos en la pobreza y la marginación. Una oportunidad para enfriar el planeta. Para revertir el acecho constante del cambio climático. Transformar su presente de fragilidad en fortaleza. Y el deterioro creciente en potencial de desarrollo. Volverlos legado, por fin, para las generaciones futuras.

 

 

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Texto: Liza Tosti

Fotos: Juan Martín Alfieri

Nombre de sección: Ecología

Edición: N° 81

 

 

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