EDITORIAL | La demora

Un té de limón hace burbujas sobre la hornalla caliente. Lo que se evapora en el aire son los sonidos de un futuro que nunca pasó o que llegó sin avisar. Futuro a secas, sin significado para adjetivar.

El verano alargó su brazo amarillo sobre la laguna y mostró de lo que está hecha: su fondo arenoso oscuro, tornasolado de lunas. Los bulevares y sus ojos entreabiertos en una siesta discontinua que fue cerrando puertas y ventanas. Los cantos de los pájaros y las mañanas nítidas, las noches encendidas de esas estrellas que siempre estuvieron, lo aletargado de las tardes cuando nunca termina de caerse el sol.

El tiempo se detuvo creando un momento de demora, una instancia inédita. Como si fuera necesario pararnos cuando hay tanto por hacer, como si cuidarnos del virus global es lo que condiciona y limita, como si algunas formas del silencio fueran el tapabocas que debíamos usar. Demorarnos, entonces, es lo que cura.

La yerba mojada del mate para no compartir aromatiza el patio anaranjado. Lo invisible en el aire siempre fue el silencio, ahora parece un zumbido constante que te desayuna, te almuerza, te merienda y te cena. El otoño suspiró las cortezas que quedaron desnudas y, adentro, las videollamadas encendieron pantallas para que el cuerpo se ajuste a la demanda. Los ojos que miran el afuera con transposiciones y el afuera que es mostrado, inescrupuloso de filtros según lo que conviene comunicar. Qué elocuentes en hacer entrar el encuentro en nuevos formatos convencidos que es una necesidad obscena pero tranquilizadora. ¿O acaso el encuentro de antes no era: la presencia cuando el espejo es nítido, la voz sin demora en llegar al oído, la resonancia del gesto y la cercanía de la materia deseada, el amor que toca y que siente y que vuelve a reflejar? Instalar un tiempo de espera, entonces, es lo que se puede.

Una sopa flotante de verduras con cuchara onda y los antepasados invitados a la mesa. El recuerdo de lo que fuimos empieza la charla con lo que somos y ahí la pregunta. ¿Trae el postre lo que queremos seguir siendo?

El invierno blanco pintó las naranjas y los limones, los humedales y las banquinas, los techos de las escuelas y de los hospitales, las mañanas y las noches. Ya se saben los anticuerpos que deberíamos desarrollar para la vuelta, ya se saben las curvas que suben y no bajan de numeritos rojos como en las bolsas de comercios, las loterías, los intereses bancarios, los discursos vacíos y los grandes supermercados.

Se anuncian nuevas normalidades con el cuerpo liviano y doble tapabocas detrás de escritorios chorreados de alcohol en gel industrial. Se consume lo que queda de la alacena mientras el frío le agrega una cualidad más al sustantivo pandemia y un verbo menos al sustantivo comunidad.

Poder permanecer a salvos, prendidos de un delgado hilo que nos conecte al árbol genealógico de la vida para no perdernos, es un propósito que necesitamos sostener en este tiempo. Pensar la espera como una posibilidad de cambio y resistencia. La espera, como un ejercicio de resiliencia. Demoramos la acción para encontrar, luego de un tiempo, el arte que signifique respirar un sonido de aire puro, visible y con la prudencia de quienes saben que los pulmones tienen memoria.

 

Créditos: Ezequiel Perelló

 

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