Se paraba erguido sobre sus plantas que habían recorrido mucho camino, y cruzaba las manos como conteniendo el cuerpo para no moverse y que los sentidos que él necesitaba tengan la suficiente sangre para trabajar. Ahí, con una monotonía pétrea en el rostro y los ojos con contados parpadeos, miraba la obra.

Coco Sahda, miraba las obras de arte visual con los ojos de un niño que mira a su madre preguntando porqué la luna y para qué las estrellas, cómo se fabrican los hijos, de dónde viene la muerte, hace falta el sol. Después, daba vueltas serias por el espacio, con la impronta que el atuendo elegido lo ameritaba, y para finalizar su arte decía: “paso otro día y escribo dos pavadas y si no gusta, mejor».
Y no escribía dos pavadas, sus críticas de arte eran leídas en toda la comarca y más. Muchas veces eran textos con su estilo punzante de palabras que necesitaban una doble lectura, como si su verborragia en público pudiera al fin, en la soledad de su escritorio, ser lanzada a la hoja sin disimulo, sin barreras, con un frenesí que no conocía límites.
Tal vez su alma de pizarrón y tiza para que el pan no faltara en la mesa, fue la responsable de la insistencia en ver el detalle y destaparlo, en marcar lo que le parecían faltas, en meterse en un “personaje» para recrear la escena y en, posiblemente, construir obra junto al artista o zambullirse dentro de ella para perderse un rato y no salir nunca más. Coco podía, lo que pocos, no pasar desapercibido, ser amado u odiado con la misma vehemencia y cuando lo mirabas un rato y él conectaba con vos, ver su juego de niño soñador y su humor infantil que hacía suave cualquier aspereza.
Yo soy un mal llevado pero quiero a la gente sensible», dijo una vez que parecía más cansado que de costumbre y la humedad empapó un ojo y luego otro. Con una palmada cortó “tanta dulzura» diciendo: “me voy a trabajar que es lo único que sé hacer».
Coco Sahda, fue un promotor y gestor cultural en la ciudad de Santa Fe que por décadas caminó salas y espacios de exposición de arte visual mirando y criticando. Construyó obras que siempre odiaba pero que abrían la puerta para ir a jugar: en su calesita de palabras difíciles, en su laberinto de bufandas y pañuelos, en su castillo de caras que no filtraban sentimiento, en el tobogán de sus pasiones y en arenero de sus pulsiones.

“No te hagas problemas nene, siempre van hablar, por si no les gusta mejor, así hablan más», me dijo una vez.
A tus palabras y a tu vida que fue hablada hoy le pongo estas líneas, como una despedida o como un encuentro mirando un cuadro de espaldas a la cámara.

 

Texto: Ezequiel Perelló

Fotos: Archivo Revista TODA

 

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