La tumba del autor de Rayuela, ubicada junto a la de su última pareja, Carol Dunlop, en un cementerio de París tiene una lápida que diseñó el propio Cortázar junto a su amigo incondicional Julio Silva.
A 37 años de su muerte, los lectores que visitan la tumba de Julio Cortázar en el cementerio de Montparnasse en París siguen encontrando su sepulcro junto al de su última pareja -la fotógrafa Carol Dunlop- con la inscripción de sus nombres, los años de nacimiento y muerte del escritor (1914-1984) y un diseño original de la lápida ideado por el propio autor de «Rayuela» con la ayuda de su amigo incondicional Julio Silva.
La particular historia de la construcción de su lápida -a la cual se llega a través de caminitos, mapas y coordenadas- se revela en las últimas cartas del autor de «Rayuela», sobre todo con el prolífero intercambio de correspondencia que tiene con su amigo, el artista plástico Julio Silva.
Como en los gestos vanguardistas, la vida y la literatura tienen zonas permanentes de contacto. No importa cuáles fueron las discutidas causas de «las muertes» de Cortázar ni de Dunlop, lo importante es ver cómo en un gesto cargado de Thanatos, Cortázar, encarga a sus amigos artistas, Luis Tomasello y Julio Silva, que diseñen la lápida bajo la que yacerán sus restos en el cementerio de Montparnasse.
Los primeros tres voluminosos tomos de las cartas donde Cortázar da cuenta de sus últimos días y «participa» del diseño de su lápida fueron publicadas en abril del 2000 con el diseño de cubierta de Silva y la «edición a cargo de Aurora Bernárdez», la primera esposa del escritor. Esas misivas -que con el tiempo pasarían a ser cinco tomos- son centrales en la vida y la obra del autor de «Historias de cronopios y de famas»; incluso pueden ser leídas como una novela autobiográfica que el narrador escribe desde sus primeros garabatos al último aliento.
El estudioso de su obra y uno de sus albaceas, Saul Yurkievich señala en la introducción de las misivas, que Cortázar «conectó la carta de manera tan activa, reactiva y creativa con su escritura que su correspondencia cobra un valor fundamental», refiriéndose a la riqueza del epistolario para una lectura crítica.
El crítico advierte cómo en la escritura epistolar de Cortázar aparece en germen su futura producción ficcional: «La correspondencia de Cortázar es como el laboratorio central, el lugar de las síntesis alquímicas entre acontecimientos y figuraciones, entre el acaecer y la fábula». Pero la actitud de Cortázar, como buen heredero de las vanguardias, rompe la barrera entre la ficción y la vida y será por ese gesto que terminará diseñando su tumba», sostiene.
Las cartas a Julio Silva, en particular, muestran cómo el escritor participa en todo momento de la parte gráfica de sus libros, no solo del diseño de las portadas a las cuales el escritor llama «el repulgue de las empanadas», de los lomos y la maquetación sino también hasta de la elección tipográfica. Esa relación permanente en la obra entre palabra e imagen hace menos curioso que finalice con la elaboración de su propia lápida.
Las imágenes en los libros del autor de «Bestiario» van a ir ganando terreno en su estética. Ya no serán solamente ilustraciones en tapas y lomos los que debatirá con editores, amigos y diseñadores en sus cartas: habrá decenas de libros -más o menos conocidos- donde la imagen ocupará un lugar central. Ellos son los diez «libros de artistas», entre los que se destacan «Monsieur Lautrec, con dibujos de Hermenegildo Sabat» y «Silvalandia, pinturas de Julio Silva» (libro que en su portada tiene la imagen que culminará dominando su tumba), los cinco «libros para bibliófilos», las dos historietas «Fantomas contra los Vampiros Multinacionales» y «La raíz del ombú» (en colaboración con Alberto Cedrón), los seis catálogos y los tres famosos «libros almanaques», titulados «La vuelta al día en ochenta mundos», «Último round» y «Los autonautas de la cosmopista».
Todo este material es de muy difícil acceso para los lectores. Por este motivo, en 1978 Cortázar reúne los catálogos y los libros de artistas en el libro «Territorios», diseñado, como en todos los casos, por Silva.
«A mis amigos me gusta tenerlos cerca y para eso hicimos la casita con el otro Julio, así no andamos dispersos en catálogos, revistas y libros, todos se juntaron aquí conmigo y hay que ver lo bien que nos sentimos», justifica Cortázar en el prólogo de este libro.
En muchas cartas se puede apreciar cómo el escritor se ocupa personalmente de la búsqueda de material para ilustrar distintos capítulos de los libros, e insiste con su permanente injerencia en el diseño gráfico, trabajando, más allá de los textos, en este tema, a la par de su amigo.
El último almanaque o libro-collage donde el escritor tenía «carta blanca» del editor «para meter viñetas, mapas, galletitas secas, gatos disecados, etc…», según las propias palabras de Cortázar, es «Los autonautas de la cosmopista o Viaje intemporal Paris-Marsella», el último libro que escribe en colaboración. Última creación «a cuatro manos», en este caso, con Dunlop. Este almanaque está cargado de muerte, pues de las cuatro manos, sólo quedarán dos agónicas que terminarán de escribirlo: la fotógrafa muere en noviembre de 1982.
El libro «Los autonautas de la cosmopista» es un viaje que conduce a la muerte. Diecinueve días antes de su fallecimiento, el 24 de enero de 1983, Cortázar desde Managua le escribe a su amiga la traductora Laure Bataillon: «Me tranquiliza, pues, saber que a mi regreso podré dedicarme a montar el libro con la ayuda de Julio Silva… Este será un libro de muchos amigos juntos, y eso le hubiera encantado a Carol que tanto los quiso a ustedes…».
En el último gesto literario de su vida se percibe la importancia del diálogo entre imagen y palabras, con el fin de «agradar a un lector sensible». Este período donde dialogan palabras e imágenes no sólo consta de los «libros almanaques» del autor sino que se pueden ver estas operaciones que serán constantes hasta su muerte.
FUENTE: TÉLAM