Nunca habíamos estado tan conectados como ahora y, sin embargo, nunca habíamos hablado tanto de soledad. Las redes sociales nos permiten comunicarnos de forma instantánea, compartir cada momento de nuestra vida y mantener contacto con cientos o miles de personas. A simple vista, parecería que el aislamiento es cosa del pasado. Pero tras las pantallas, muchas personas experimentan una sensación persistente de vacío, como si la abundancia de interacciones no lograra transformarse en vínculos reales y significativos.

Un tema del que ya hablaba el filósofo Zygmunt Bauman, fallecido en 2017, al que le preocupaba lo hiperconectados que estamos en lo virtual y, sin embargo, lo necesitados que estamos de compañía real, así como destacaba que el mayor miedo del ser humano es la soledad: “Esa es su peor pesadilla, aunque muchos no lo reconozcan”, decía en una de sus últimas entrevistas, en Salvados.

Y es que para este filósofo, los vínculos actuales son frágiles. Cada vez nos cuesta más la interacción con los amigos y familiares y sustituimos esos encuentros o conversaciones por la actividad en las redes sociales y los likes. Bauman sentía desasosiego por la carencia de redes de apoyo en la sociedad actual y la falta de sentimiento de pertenencia.

Relaciones en la superficie

La hiperconectividad también ha cambiado la forma en que gestionamos nuestro tiempo y nuestra atención. Estar siempre disponibles no significa estar verdaderamente presentes. Muchas relaciones se mantienen en la superficie, mientras se debilita la capacidad de escuchar, empatizar y sostener vínculos a largo plazo. Paradójicamente, cuanto más dependemos de la conexión virtual para sentirnos acompañados, más evidente se vuelve la necesidad de relaciones auténticas.

Hablar de la soledad en la era de las redes sociales no implica demonizar la tecnología, sino cuestionar cómo la usamos. Recuperar espacios de encuentro real, fomentar conversaciones honestas y aprender a desconectarnos a ratos puede ser una forma de reconectar con los demás y con nosotros mismos. Porque, al final, no se trata de cuántas personas nos siguen, sino de cuántas nos conocen de verdad.