
Enrique Mammarella siempre quiso ser ingeniero. Desde niño creyó en el poder transformador de la ciencia. Entre lo anhelado y lo posible encontró en la investigación un espacio en el que había mucho por hacer. También caminó la docencia y la gestión universitaria hasta llegar al cargo de rector de la UNL. Hoy, ante un fin de etapa siente que lo esperan nuevos desafíos. «Soy una persona que enseguida encuentra en qué ponerme con pasión a hacer cosas»

«Soy santafesino, mi mamá maestra, mi papá empleado industrial. Tengo un hermano menor. Era una familia bastante chica pero con mucha interacción». Enrique empezó su escolaridad en La Salle y para la secundaria eligió la Escuela Industrial. «Yo pedí a mis padres cambiarme de escuela para estudiar química. Así que estoy en la universidad desde los doce años». Cuando un niño se fascina con una ciencia dura seguramente algo de lo fantástico opera. «Era fascinación por el transformar; por entender el fenómeno de cómo se hacen los cambios».
Para los estudios universitarios eligió ingeniería química. Cuenta que el área que más le atraía no estaba en el país como disciplina pero que de alguna manera él fue virando hacia allí con sus conocimientos. Después llegaría el Conicet, un doctorado y un postdoctorado en Brasil, país que le permitía no estar tan lejos de su familia ya formada en épocas de conectividad limitada. «Fue una etapa difícil, los chicos recién empezaban la escuela. Pasábamos juntos las vacaciones pero el resto del tiempo era ir a un cyber y vernos un rato los domingos a la siesta». Mammarella está casado con una abogada y tiene tres hijos, hoy adultos. Una familia en la que la disciplina de estudio pisa fuerte.
Su vinculación con la universidad fue siempre más allá del joven que entra y sale sólo para cursar materias. «La universidad da muchas posibilidades de participación. Desde una cátedra, un equipo de investigación, un proyecto de extensión, el centro de estudiantes o un voluntariado. Cursábamos mucho tiempo y era tiempo convivido con compañeros. Llegábamos a la mañana y nos íbamos a la noche. A veces después nos juntábamos y seguíamos. Vivir la universidad así, es extraordinario».
Objetivo seguro, realidad desafiante
Cuando Enrique estaba cursando el tercer año de la carrera vio en la facultad un cartel proveniente del Conicet. Buscaban técnico químico y él ya lo era. En el encuentro con la institución científica, surgieron dos preguntas. La primera con respuesta segura, la segunda como disparador hacia el futuro: ¿Te vas a recibir? ¿Estás dispuesto a estudiar toda tu vida? «A mí no me pesa estudiar y además me gusta estar al tanto de lo que viene y cómo viene. No había pensado lo del doctorado ni si iba a hacer instancias afuera. Ahí tomé la decisión más grande. Aún no era ingeniero pero me dije: sí, esto va a ser mi vida. Voy a seguir estudiando».
En el camino hubo también tropiezos. «Tuve un accidente de fútbol al inicio de la universidad, una fractura en el húmero que me dio parálisis radial y estuve un año para poder volver a levantar un dedo. Soy zurdo y los exámenes eran escritos. No permitieron los exámenes orales y tuve que aprender a escribir con la mano derecha». La situación lo llevó a pensar en cambios necesarios para los estudiantes ante distintas eventualidades.
Ingeniería para dar soluciones
El momento de la graduación fue otra instancia de decisión. «Yo tenía la idea de la gran ingeniería, la de transformación». Cómo él mismo relata, las experiencias marcaron el rumbo. «Me fui especializando en el área relacionada a los bioprocesos. A analizar cómo funciona lo vivo, tratar de llevarlo afuera con las mismas lógicas pero en lo industrial. Cosas antes pensadas para otros procesos, ahora resolverían problemas que aparecen en el cuerpo. Es una ingeniería para la que nosotros no estábamos formados pero que se iba dando a partir de necesidades y posibilidades».
El avance de la tecnología aplicada a la medicina y a la vida diaria es incuestionable. Mammarella lo destaca, incluso, en las clases a su cargo. «Le digo a los estudiantes que Elon Musk está buscando ingenieros por lo que se va a necesitar en Marte. ‘¿Pensaron alguna vez como se va a construir en Marte o en la luna?, ¿cómo se va a reciclar el agua?’ Esta misma idea a la que están pensando poner mucha plata hay que usarla para lo que necesita la gente acá, por ejemplo para esos lugares donde no llueve».
Y en tiempos de cambios vertiginosos, surge la pregunta: ¿El futuro está en Marte? «El futuro está con la cabeza en Marte haciendo cosas en Santa Fe. Es increíble que una de las personas más poderosas del mundo en vez de ver cómo resolvemos ciertos temas en el planeta, esté pensando en irse. Ahora, si no hay un loco como éste planeando desarrollar algo afuera, tal vez no habría tanto avance tecnológico que podamos usar para resolver cuestiones en la Tierra. Hay que seguirlo de cerca y aprovechar ese conocimiento para resolver los problemas que tiene la gente acá».

El rectorado en una universidad importante
Llegar a ser rector no fue algo que Mammarella buscó pero que resultó consecuencia lógica del camino recorrido. «¿Qué queda de estos años en el rectorado? En lo personal, un crecimiento muy grande. Yo fui decano, presidente del parque tecnológico pero cuando llegás a rector tenés un nivel de representatividad muy grande. Sos el rector de la UNL, una universidad que por tamaño ocupa el lugar diez u once, en el cumplimiento de distintas funciones puede llegar al puesto dos, en transferencia de investigación al cuarto o quinto lugar. Cuando nos preguntan cómo hacemos, la respuesta es: trabajamos. Tenemos un tamaño relativo que nos permite estar cerca, que nos conozcamos todos, muchos desde la época de estudiantes. No tenemos problemas a la hora de plantear situaciones. Nuestro sistema funciona».
Cuenta que ser rector universitario habilita ingresar al CIN, incluso ser presidente de esa institución. Y ahí tiene que ver el peso de la universidad representada pero fundamentalmente el trabajo personal, el crecimiento grupal y el capital relacional. «Yo siempre lo tomé como que nada es mío pero nada tampoco me lo regalaron. Hay que ganarse cada uno de los lugares. Al mirar para atrás ves las oportunidades y lo hecho. Todo esto es construcción de un equipo humano que hace a la institución en la cual nos desarrollamos. Soy un agradecido por todo esto».
En lo que respecta a la adecuación de la universidad a los cambios sociales, la pandemia marcó un desafío. De miles de personas, entre alumnos, docentes y no docentes, que concurrían a diario a las facultades hubo que habilitar un sistema digital completo y de excelencia en poco tiempo. Ingresaron computadoras, se perfeccionaron las líneas telefónicas, todo para lograr resolución sin presencia física. «Teníamos un equipo, años de experiencia pero sólo un porcentaje de la planta formada para esas condiciones. Lo hicimos en quince días».
Lograr la trazabilidad, asegurar los esquemas propios y desarrollar una vinculación con el sistema informático nacional, fueron metas que la situación aceleró. «Todo eso había que resolverlo y hubo mucho compromiso y trabajo». Mammarella cree, sin embargo, que hay transformaciones necesarias aún pendientes. «Hoy nosotros tendríamos que tener una oferta mucho más flexible, no tan tradicional pero la normativa de nuestro país sigue siendo tradicional».
Destaca que las clasificaciones formativas en universitario completo o incompleto no reflejan la realidad de una persona. «Si alguien tiene tres años de una carrera, cuenta con un conocimiento importante, una formación, una madurez y un trabajo que es mucho más que lo que tiene quien no llegó hasta ahí. Y esas situaciones no pueden ser consideradas de la misma manera». También hace referencia a la necesidad de formación constante y a la posibilidad de pensar en un alumnado con rango etario y de experiencia mucho más amplio. «Aún no estamos preparados para que compartan un aula el gerente de una empresa, el jubilado de otra y el chico de diecisiete años. Cuando se proyecta un aula de una universidad se piensa que todos tienen la misma edad y el mismo sesgo. Ahí hay una tarea en la que venimos atrasados».

Futuro personal y cambios
¿Cómo sigue la vida de Enrique Mammarella post rectorado? «Nunca dejé de conectarme con la investigación. A mucho menos nivel de intensidad, siempre seguí con mi grupo de investigación. Seguí dando clases, discutiendo y escribiendo proyectos. No he estado en la diaria en el laboratorio. Pero las ganas y las expectativas en saber hacía donde vamos estuvieron siempre».
Aclara que antes de seguir hay un momento de «recomponer la cabeza». Sobre el tiempo libre subraya que le gusta la tranquilidad de su casa. Que es feliz estando descalzo en la naturaleza. Que si hay viajes próximos serán exclusivamente de vacaciones. Cuenta que le gusta leer de todo y que para su cumpleaños le regalaron la primera novela de Felipe Pigna. «Tengo algunas libros empezados. Sobre Irigoyen, sobre la apertura de los archivos de la conferencia episcopal. A esos hay que dedicarles tiempo y hoy quiero una lectura más tranquila».
Para este hombre con una carrera en la universidad que lo llevó al puesto más alto y un interés sin límites por la investigación científica, cualquier cierre implica al mismo tiempo la visualización de otro principio. «Soy una persona que enseguida encuentro en que ponerme con pasión a hacer cosas. No me molesta cerrar una etapa y abrir otra. Estoy preparado para eso».
Texto: Julia Porta
Fotos: Pablo Aguirre
Sesión: Perfiles
Edición: D N° 115
