Rebelde, vehemente, apasionado, dueño de una pincelada maestra y de un genio particular, dejó un legado que perdura, aunque en su momento también fue resistido. Decía que la pintura es como la poesía.

“No se puede llamar ni cubismo, ni futurismo, ni pintura abstracta. Es, simplemente, pintura Pettoruti”. Así definió su propia obra uno de los artistas argentinos más importantes de nuestro tiempo, en una entrevista para la prensa fechada en septiembre de 1969.  

Emilio Pettoruti, que murió hace cincuenta años -el 16 de octubre de 1971- tenía, por entonces 76 y renegaba de todo encasillamiento. A esas alturas, su obra ya cotizaba alto y su nombre, tanto en Francia –donde residió durante los últimos 17 años de su vida- como en Argentina, era hondamente respetado en las élites de la vanguardia artística del momento.

Pero no siempre fue así. Hubo un buen período en que sus obras se exhibían, en Argentina, detrás de un vidrio, por la cantidad de salivazos que recibían a diario. Es que, en nuestro país, algunos sectores lo consideraban un “artista degenerado” y una “ofensa para la dignidad de la patria”, justamente, por recurrir a un lenguaje plástico vanguardista. Le criticaban, sobre todo, sus incursiones en el futurismo y en el cubismo que estaban muy en boga en Europa.

Recién en 1940 y luego de haber cosechado gran aceptación en el Viejo Continente, la asociación Amigos del Arte de Buenos Aires organiza la primera retrospectiva del artista donde muchas de sus obras que habían sido duramente criticadas, reciben, por fin, el beneplácito del público y la crítica.

Nacido en la ciudad de La Plata el 1 de octubre de 1892, fue el mayor de 12 hermanos descendientes de italianos. Alentado por su abuelo, hizo carrera en la caricatura y, a los 21 años, viajó becado a Europa, más exactamente, a la ciudad italiana de Florencia, donde se enrola en el movimiento futurista y lo representa en forma abstracta hasta que conoce el cubismo. Por esos años, comienza a experimentar también, con el uso del collage, que era la técnica de la vanguardia artística por excelencia.

Amigo de su colega y coterráneo Xul Solar, conoció en Roma a Giorgio De Chirico y al escritor peruano José Carlos Mariátegui, a quien pintó y cuyo retrato se encuentra en nuestros días en el Museo de Arte de Lima (MALI). Con él, viajó a Alemania y con Solar regresó a la Argentina en 1930, donde asumió la dirección del Museo de Bellas Artes de La Plata. Durante su gestión, amplió el patrimonio del Museo, comprando obras de su amigo Xul Solar. En ese mismo año, se casó con la crítica de arte chilena María Rosa González.

En el año 1954, Emilio Pettoruti se radica definitivamente en París. En realidad, planeaba regresar a la Argentina o a Chile pero lo sorprendió la muerte en Europa.

París –decía- era la única capital del mundo donde se podía respirar tranquilo porque cada cual había aprendido que el aire circulaba para todos.

“Dejé la patria con mucho dolor, porque quedaba bajo el dominio de una dictadura oprobiosa que se me hacía difícil sufrir, y que amigos muy queridos padecían en la carne, tan estrechas se hacían las cárceles para mantener el libre pensamiento. No podía seguir trabajando con felicidad en ese clima espiritualmente descompuesto, moralmente aflictivo, en el que la delación se había convertido en moneda corriente”, escribió cierta vez.

Pettoruti, genio y figura

Visitaba Chile con frecuencia porque era la patria de su esposa y allí tenía muchos amigos -entre ellos, Gabriela Mistral- y se sentía a gusto. En sus últimos años de vida, en Europa se imponía el uso del acrílico, elemento con el cual él no comulgaba.

Dueño de una pincelada maestra y de un genio particular, vivía y pintaba a oscuras. “Se pinta mejor con poca luz. La mucha luz, ¿me entiende?, destruye los colores”.

“El acrílico no es pintura –decía-. Yo amo la pintura. Toda mi vida trabajaré con paleta y pinceles, o sea que haré la pintura de caballete”.

Era paradójico que, así como en su juventud había sido ampliamente resistido por ser vanguardista, en sus últimos años, él mismo rechazaba la renovación del arte.

“En 1924, cuando todos hacían aquí un falso impresionismo, ya empecé con otra cosa, que algunos llamaron cubismo, pero que yo prefiero llamar simplemente Pettoruti. Lo que yo hago no se puede llamar ni cubismo, ni futurismo, ni pintura abstracta. Es, simplemente, pintura Pettoruti”, decía con determinación.

Pettoruti se negaba a que intentaran explicar su obra. Decía que la pintura era como la poesía. “Lo que importa es la calidad, y la calidad no se puede explicar. Aquel que dice que puede explicarla es un charlatán”.

Pettoruti, crítico de arte

Quizás la faceta menos conocida de Emilio Pettoruti sea la de crítico de arte. Durante la primera mitad del año 1927, el artista escribió una columna semanal sobre artistas que le interesaban, en el Diario Crítica, dirigido por Natalio Botana.

En el libro Emilio Pettoruti. Crítico en Crítica, el ex director de la Fundación Pettoruti, Rodrigo Díaz Varela escribió que el artista “fue un hombre multifacético que estuvo en el ojo del huracán mientras las vanguardias históricas revolucionaban el clima artístico europeo y fue muy cercano a algunos de esos movimientos, aunque no necesariamente compartiera sus postulados. Le interesaba la renovación del arte por la vía que esta se manifestase”.

En primera persona

«Siempre hay un buen hado que facilita las cosas y no quiero olvidar aquí, puesto que aquí se sitúa, una anécdota ligada a mi cuadro El flautista ciego. Se lo había prometido como regalo a Pedro, mi cuñado; pero en el país se habían lanzado ya tantos úcases prohibiendo la entrada y salida de las obras de arte, que no me atrevía a tentar los trámites que sabía largos, engorrosos, y a menudo inútiles.

Mi compañera, que partía a Chile, decidió cruzar la Cordillera en tren, pensando que las autoridades aduaneras de la alta montaña estarían menos al corriente de las cédulas imperiales. Así, envolvió el cuadro como un paquete y lo colocó en la rejilla. Pero el guarda fronterizo advirtió el bulto y preguntó de qué se trataba. Le respondió la verdad: se trataba de un cuadro pintado por su marido, quien se lo mandaba a un hermano. El hombre frunció las cejas mientras miraba el cuerpo del delito y terminó por decir a la viajera imprudente:

-Está bien, por esta vez, pase; pero para otra vez, señora, no me sale sin los papeles. Porque así como se trata de un cuadro pintado por su marido, también hubiera podido tratarse de una obra de arte.

Fuente: Clarín

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