Con la fuerza del viento del Norte

Los aires en movimiento arrastran partículas de esas fronteras lejanas donde nacen, quizás en un soplo ligero, tal vez como un remolino incipiente y, a medida que avanzan, se nutren de los territorios que atraviesan. Van mudando la intensidad, el ímpetu, pero sostienen esa vocación movediza que los llevan a atravesar las grietas de la realidad y cruzarlas con un silbido que remueve, siempre, los sentidos.

En la llanura gringa de la provincia, en el centro rural de la cuenca donde la leche se ordeñaba antes de que despuntara el día y la luz se pusiese en movimiento, con la fuerza artesanal de las manos y los mugidos prendidos a la memoria emotiva, Noemí llegó al mundo. Tal vez porque esa inmensidad le bautizó las retinas y porque la humildad de padre y madre la criaron con la templanza y la constancia como signos, el destino se le rindió a los pies para que ella hiciese con él lo que se propusiera. «Nací en un hogar humilde, en el norte santafesino. Mi escuela primaria fue de campo, con una única maestra para todos los grados. Después de una hora de cabalgata se llegaba a clases. A la secundaria la hice en un pueblo. En ese tiempo me iba dando cuenta de que la única forma de avanzar era estudiando, preparándome con conocimientos para enfrentar mi vida. Muchos años después le encuentro razón a Tomás Bulat cuando asegura que para quien nace pobre, estudiar significa el mayor acto de rebeldía contra el sistema».

Y de esa tierra casi mítica y fundacional salió Noemí al tiempo que abandonaba, también, la adolescencia, para llegar a una ciudad que se convertiría en la segunda parte de su vida. La medicina era un sueño privativo: la carrera en ese entonces no existía en Santa Fe y, en esas posibilidades paralelas que se van tejiendo, descubrió la Bioquímica como pasión y profesión. Sus años inmediatos transcurrieron asomados al círculo mágico del microscopio, a la luz de una lente ampliadora de realidad donde formas extrañas comulgaban con luces y movimientos en una suerte de magia. Sentada, hoy, a una mesa frente a un café humeante y los torrentes de claridad que entran por la ventana, recuerda: «Mi familia no estaba en condiciones de costearme un estudio. Hice la carrera en ocho años. Los primeros cuatro trabajé para una familia, en su casa, y a la otra mitad la hice mientras me desempeñaba en un comedor tradicional santafesino».

Para Noemí, la Universidad Nacional del Litoral se constituyó como bisagra, como inflexión entre lo que había sido hasta ese momento y todo lo que estaba llamada a ser a partir de su formación académica: «Siempre mi facultad me apoyó, primero becada, luego acomodándome horarios para poder cursar mis prácticas. Di 38 años de mi vida a la bioquímica, trabajé en el norte de la ciudad, en barriadas muy humildes en esas épocas. Tuve un grupo de compañeros médicos ejemplares, hacíamos medicina de primer nivel, trabajábamos en equipo, podíamos aplicar nuestros ideales con respeto a lo social y a lo humano». Así, mientras desplegaba una intensa actividad profesional, la joven mujer, en su realización personal lograba fundar familia junto a su esposo y sus hijos. En la crianza puso esa semilla que sus propios padres habían sembrado en ella, allá en el campo: la de la constancia como motor para transformar las aspiraciones en realidad.

De las ensoñaciones infantiles le quedó, como en el fondo intenso de una infusión endulzada que se concentra en la taza, el sabor de la creatividad esperando el turno. Y el momento llegó, tiempo atrás, desde el entusiasmo y una máquina: «Siempre las miradas a través de una lente me atraparon, el microscopio era mi aparato favorito dentro del laboratorio, desde niña las cámaras fotográficas me inquietaban y obsesionaban. En el último tiempo de mi vida profesional activa comencé a estudiar y en 2018 me recibí. Mientras, participé de muestras colectivas y de una individual en el espacio TODA, que terminó por volverse itinerante y que llevo a distintos lugares. Disfruto mucho poder mostrarla y recibir comentarios me reconforta».

Colgadas de las paredes inmaculadas algunas fotografías llevan el sello distintivo de Noemí, son retratos que captan la psicología de la persona observada, el gesto preciso, la mueca sutil, o paisajes que estallan en un colorido a escala a su imagen y semejanza, en algún lugar del mundo al que ella llega para explorar y conquistar, como es su costumbre. Le gusta desdibujarse tras una cámara, volverse invisible para visibilizar lo que capta con la lente, le apasionan los oficios, el detalle de los comportamientos humanos, los usos y costumbres, tan distintos según sea la latitud que pisa, y en ese mundo reciente al que ha ingresado encuentra nuevos modos de explorar las ganas y los alcances: «Sigo estudiando, estoy haciendo una diplomatura en fotografía social en la Universidad de Buenos Aires, y sigo unida a la UNL a través de la secretaría de Bienestar Social haciendo talleres. Estamos preparando una muestra colectiva en conmemoración al centenario».

Siempre las ansias de Noemí han sido colectivas: las forjó en el seno de su familia fundacional, las afianzó en los vínculos de su preparación académica, las fortaleció en la construcción de su propia familia, las reivindicó en las relaciones laborales y las nutre, hoy, en el conjunto creativo que constituye junto a otros fotógrafos. La diferencia de Noemí con tantas otras personas de la multitud es que ella ha sabido tener siempre claro su objetivo: «Mi mirada a través del tiempo fue cambiando. Ya no es detrás de una lente de microscopio donde lo que buscaba era encontrar lo necesario para llegar a un diagnóstico. Ahora es disfrutando de esta etapa, atrás de una lente de cámara. Mi mirada está en todo aquello que conmueve e impacta en mi alma y en mi corazón».

La fuerza del viento del Norte toma un declive del aire para entrar por la venta. Trae algún rastro del campo para dejarlo sobre la mesa con fotos y café, para tener la certeza de que Noemí ha llegado adonde ha querido sin perder un soplo de su tenacidad natal.

 

Texto: Fernando Marchi Schmidt

Fotos: Leonardo Gregoret

Maquillaje: Mariana Gerosa

Nombre de sección: Perfiles y personajes

Edición: N° 77

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