El canto colectivo no se puede reducir a un renglón en una planilla de Excel. Quien no comprende que el arte público es una inversión en la arquitectura humana de una nación, difícilmente entenderá la magnitud del daño que provoca al firmar la disolución de un organismo histórico. La reciente decisión del Poder Ejecutivo de dar de baja el Coro Nacional de Niños —una institución con casi seis décadas de trayectoria intachable— no representa un acto de «eficiencia fiscal», sino una muestra cabal de insensibilidad e ignorancia cultural.

Desde su fundación en 1967, el Coro Nacional de Niños no funcionó únicamente como un elenco de excelencia técnica; fue, ante todo, una escuela de ciudadanía. En una disciplina donde no existen los solismos mesiánicos ni la meritocracia individualista, la práctica coral enseña desde la infancia la lección política y humana más elemental: el otro importa, porque sin su afinación, la nota propia no se sostiene.

Cantar a varias voces implica aprender a escuchar antes de emitir un sonido. Exige acallar el ego para que florezca la armonía, transformar la empatía en una frecuencia física y entender que el esfuerzo comunitario siempre prevalece sobre la figuración personal. Para miles de niños y jóvenes a lo largo de 59 años, este espacio significó contención, refugio y la certeza de que la belleza se construye colectivamente.

Un dogmatismo que confunde valor con precio

Sin embargo, la gestión encabezada por el presidente Javier Milei parece incapaz de ponderar aquello que no cotiza en un mercado de valores. Bajo el dogma imperante de que todo gasto público es un lastre y todo bien cultural un lujo prescindible, la Secretaría de Cultura prefirió apagar los ensayos de un ensamble infantil antes que garantizar los derechos culturales que el Estado está obligado a proteger.

Argumentar que la figura de un elenco estable «no resulta eficiente» o que será reemplazado por un programa de contornos difusos es un eufemismo técnico para encubrir el desguace. Desmantelar una institución que atravesó dictaduras, crisis económicas y distintos signos políticos no requiere coraje técnico; exige únicamente la soberbia de una gestión que confunde el costo de un micrófono con el valor insustituible de la memoria sensible de un país.

El eco de la resistencia

La cultura no es una mercancía que se ajusta a conveniencia del funcionario de turno. El ensañamiento contra los organismos estables y el patrimonio artístico nacional revela una visión empobrecida de la sociedad, donde el salvajismo individual desplaza al abrazo colectivo.

Podrán retirar los presupuestos, cerrar las aulas y rubricar decretos en el Boletín Oficial. Sin embargo, la educación sensible sembrada en la infancia no se borra con una firma. Cuando una voz es silenciada de manera arbitraria, la comunidad que la rodea suele alzarse con mayor fuerza para sostener el tono. La historia demuestra que los gobiernos pasan y los dogmas económicos se derrumban, pero la polifonía de un pueblo que defiende su identidad siempre termina imponiéndose sobre el ruido sordo de los destructores.