Viviana es la propietaria de Eglantine, una casa de té ubicada en el barrio Candioti Sur de la ciudad. Un lugar que parece detener el tiempo para hacer vivo el presente. Un espacio de ceremonias, profundidad y disfrute. El nombre significa rosa silvestre y en los relatos de Viviana las plantas acompañan su peregrinaje, configurando un lenguaje propio. Como la camellia sinencis, la planta del té que hunde muy abajo sus raíces para dar mucho en el exterior. Eglantine también era el nombre de la abuela paterna de Viviana, una de las tantas mujeres de la familia que sembraron fuerza en su vida.

“Vamos a tomar un té negro de China, de la región de Fénix adonde se producen variantes con sabores y aromas florales-frutales”. Viviana prepara la infusión siguiendo pasos y brindando explicaciones. Mientas, cuenta que nació y vivió hasta los dieciocho años en San Carlos; que es hija de María del Carmen y de Rubén; que nació un 6 de enero (“mi mamá decía que ella puso los zapatos y los reyes le trajeron una nena”) y que es la mayor de cuatro hermanos.

Los estudios terciarios la trajeron a la ciudad capital, adonde Viviana cursó diseño. Con formación para todas las variantes de la carrera, subraya su actividad en paisajismo. “Siempre me gustaron mucho las plantas. Ese amor viene de mi mamá y de mi abuela materna, Fidela. Recuerdo llegar a su casa en San Jerónimo e ir a ver primero las plantas que tenía en una pérgola. A los ocho años empecé a cultivarlas y una amiga me regaló un lazo de amor”. Su casa de la infancia era la típica de los pueblos, en la que había un fondo y un gallinero. “Cuando íbamos a jugar allí con mi hermana, ella que hoy es la pastelera acá, hacia tortas de barro. El gallinero con su limonero era un universo para nosotras”.

Viviana conoció a Marcelo siendo ambos muy jóvenes, se casaron, nació Santiago, el primer hijo de la pareja, se graduaron en sus respectivas carreras y se asentaron en Santo Tomé. Tuvieron otro hijo, Lorenzo, y mientras el esposo médico se desarrollaba profesionalmente, ella trabajaba con ritmos variados y sin oficina propia. “Aunque era intenso lo que hacía siempre estaba como dividida en esa cuestión medio cultural que tenemos las mujeres de sostener emocionalmente a los hombres, de estar detrás de ellos posibilitando que sean los que hacen”. A los 41, Viviana enviudó y en ese tiempo de duelos (su madre había fallecido poco antes), el té apareció en su vida como resultado de una búsqueda personal. Once años de terapia fueron, a la vez, crecimiento y preparación.

Duelos y nuevos comienzos

La infusión había aparecido en la vida de Viviana a través de las tizanas que gustaban a su madre. “A ella le interesaban las bondades del alimento, las hierbas medicinales”. Cuando muchos años después las dos muertes, inesperadas y vinculadas por lo accidental, trastocaron su vida, surgió este interés de manera especial. “Buscaba una salida en un momento muy difícil. Buscaba sin saber muy bien qué. La muerte de la pareja es algo desgarrador y la muerte de mi mamá fue para mí muy dolorosa. Creo que en todos los duelos algo nuestro se muere”.

Viviana comenzó el trayecto con la carrera de sommelier, a lo que le siguió una maestría y cursos de producción. “Me enamoré de ese universo”. Explica que el contacto con la hebra pura es, a la vez, el contacto con el tiempo presente. “Cuando hacés una degustación, cuando percibís un aroma, te ubicás en el ahora. Es lo que hablamos en las ceremonias; es como una especie de meditación. Te liberás de los problemas del pasado y de la ansiedad del futuro”. Fue en esa primera etapa que surgió la propuesta de ir a la India a conocer plantaciones. “Yo todavía estaba en duelo y fue un viaje muy hermoso. Era como ir hacia un espacio de luz estando en un momento de mucha oscuridad”. Y como los eslabones diferentes de una misma cadena, los hechos en forma de pérdidas y las acciones concretadas en análisis, fueron marcando el rumbo.

“A veces el trabajo de terapia nos hace cambiar esa idea de destino preestablecido, que también es muy cultural. Yo creo que lo vamos construyendo. El análisis me llevó a pensar de otro modo la vida y poder atravesar eso que yo veía en principio como una nube negra”. Para Viviana transitar los duelos a consciencia implicó comprender que con cada pérdida también hay algo que revive. “Como que el límite que es la muerte, reinicia nuestra vida. Una empieza a ver de otro modo el valor de despertarse cada mañana. El viaje me ayudó pero obviamente el dolor siguió allí cuando volví. Además del dolor de los hijos, que duele quizá más que el propio”.

Con todo ese bagaje de tristeza, autoconocimiento y reflexión, el camino hacia la concreción de Eglantine ya estaba en marcha. “Hice la maestria de té, degustaciones, di clases y comencé a buscar un lugar”. Así apareció el inmueble de Candioti Sur, el ideal, pero al que no fue tan sencillo acceder. “El mundo de los negocios era nuevo y muy difícil para mí”. En 2021 el espacio fue sede de algunos eventos, talleres de lectura, degustaciones, que continuaron en 2022 hasta que abrió oficialmente al público en 2023. “Ahora en junio cumplimos tres años”.

Un nombre, muchos significados

Mientras no permite que se enfríe el té que compartimos, Viviana cuenta que Eglantine es un nombre de mujer de origen francés que significa rosa silvestre. “Así se llamaba mi abuela paterna”. Relata que como idea, el nombre precedió al lugar; que ya estaba allí en las primeras tarjetas y en el logo que ella misma diseñó. “Lo elegí por su significado pero creo que inconscientemente hay otras cosas”. Siente que llegó también para dar cuenta de la historia de las mujeres de su familia, del lugar que ocuparon y de la posibilidad que todas hubieran merecido de tener un proyecto propio. Relata que la vida de su abuela Eglantine fue difícil. Padeció depresión postparto en épocas de nula comprensión de la gravedad del tema. “La trataban como a una enferma psiquiátrica, hasta le propusieron volver a ser madre. Ella se sentía enferma pese a que su mente era muy lúcida. Creo que busqué reivindicarla pero también a mi otra abuela, a mi mamá, a mi hermana, a mis sobrinas y a mí misma. Ahora las chicas tienen otros pensamientos pero los mandatos siguen estando en el inconsciente”.

Viviana no tiene hijas mujeres pero el análisis y todo lo vivido también la ubicaron en un lugar especial en relación con su maternidad, puesta fuertemente en juego con la viudez. “Mi vida ya había cambiado con el análisis. Cambió mi lugar en la familia y sobre todo en la pareja. Nuestra relación empezó a ser más interesante. Yo había empezado terapia por estar angustiada y no saber el por qué. Las personas construimos andamiajes y velos para no ver lo que nos duele”. El lugar de mujer que sostiene el hacer del hombre fue dando espacio al hacer propio. “Me acuerdo mucho de una charla con mi madre sobre la terapia y su frase: ‘Yo ya estoy grande para eso pero que bien me hubiera venido’”. Tras las muertes de su progenitora y de su esposo, las herramientas obtenidas le permitieron ocupar un lugar personal, sin que ninguna otra persona pudiera ya correrla de allí.

Una planta de raíces profundas

Además del viaje a la India, la carrera había llevado a Viviana por otros lugares. El noreste argentino con su tierra colorada la recibió más de una vez. “Siempre es hermoso ir a las plantaciones porque la camellia sinencis, que es la planta del té, es muy especial. A todos los que amamos el té nos pasa pero yo creo que cualquier persona que conecta con ella puede conmoverse. Es una planta que va muy profundo con las raíces. Por eso crece en suelos drenados y ácidos, en zonas tropicales y subtropicales. Me acuerdo que en una plantación se había desbarrancado la tierra y se veía toda la raíz y en las plantas lo mismo que está arriba está abajo, como dicen los Quom. Creo que la emoción de conectar con la camellia es que ella va profundo en la tierra y nos trae muchos nutrientes. Siento que nos conecta con nuestra esencia, con eso de lo que estamos hechos”.

Sobre su reciente viaje a China, Viviana cuenta que fue un destino muy soñado desde que se inició en el estudio del té. Deseado pero difícil. Implicaba delegar, entre otras cosas. “Todavía no estaba bien alineada mi alma con mi cuerpo. Todo lleva un proceso”. Además de la emoción perenne que le genera la camellia, en China la conmovió la cultura “tan ancestral y milenaria, tan diferente a nosotros por lo lejana y a la vez tan cercana. Es todo muy dinámico y a la vez muy tranquilo. Se percibe mucha espiritualidad en las personas, si bien ellos no son religiosos. A todo le buscan un significado. Hay mucha conexión con la naturaleza. Miles de años de cultura no son en vano”.

De ese viaje elige dos momentos especiales. “Fuimos a parques nacionales muy antiguos: el primero es la zona de Lao longjing, un té verde, producido solo con brotes. Parece un templo y sentís una gran paz Hay museos adonde se ven los antiguos maestros del té, una fuente de dragón y esas plantas que tienen cientos de años. El otro es el parque nacional de Wuyishan, en donde crece el oolong de roca. Llegamos en balsa a través de un rio. El té nace entre las rocas de las que surgen manantiales y esa agua llena de minerales es la que alimenta a las plantas. Por eso el oolong de roca tiene un gusto tan complejo”.

De ceremonias, entrega y transformaciones

En Eglantine, además, se propone la ceremonia taiji, la que, según cuenta Viviana tiene cierta semejanza con la que vivenciamos en nuestra charla. Habla sobre los cuatro valores que sirven de pilares: la armonía, la pureza, el respeto y la tranquilidad. “Todo tiene una glosa, una explicación. Es una ceremonia muy meditativa con seis infusiones del mismo té. Primero se exponen los valores, después se hace un momento de silencio, se degusta y cerramos con otro espacio de silencio. Las personas me cuentan que experimentan un estado de gran tranquilidad”.

Eglantine es, justamente, al decir de Viviana “un espacio para encontrar tranquilidad”. A través del té, de la conexión con las plantas, de la presencia de flores y de la existencia de un jardín que ella muestra con orgullo. Viviana destaca la importancia de conectarnos con lo esencial. “Esa es la propuesta. Con muchas dudas al principio, con mucha felicidad hoy. Acá yo pude decir: este es mi trabajo realmente”.

Aunque sostiene con certeza que “la salida siempre es con otros”, subraya la necesidad de ir hacia adentro. Las plantas, la naturaleza, la interioridad son ejes en su vida y en la cultura del lugar que dirige. “Uno es favorecido por poder ir tanto hacia adentro para después salir y lograr sacar todo lo recibido. El té puede transformar nuestras vidas. Es como lo que decíamos de las plantas, ir a la profundidad para después poder entregar. Es como todo, como el universo que se contrae y expande, como las estrellas o esta tierra que en principio era una roca hasta que un día también desaparecerá. Si estamos acá ‘un tiempito’, ¿por qué no entregarlo todo, más allá de nosotros?”

Texto: Julia Porta

Fotos: Pablo Aguirre

Maquillaje: Mariana Gerosa

Sesión: Perfiles Edición: N° 119 Digital