
Susana Lorea nació en Esperanza en la casa de sus abuelos. En esa ciudad vivenció su escolaridad primaria y secundaria, mientras repartía su tiempo con la vida en el campo en Colonia Nueva. Guiada por su interés en lo social y lo médico llegó a Santa Fe a estudiar enfermería. Se casó, fue madre, puso junto a su esposo un negocio y en la adultez conoció la creación a través del arte. Ya nada sería igual para ella. “Es lo que me hace feliz, lo que me hace sentir segura, lo que me da paz y me hace ver la vida de otra manera”.
Susana Lorea cree que la vida es una escuela. Hay materias fáciles, otras difíciles y a todas hay que “rendirlas” para aprender y evitar “volver a caer”. “La vida te enseña a superarte, a crecer. Entonces yo hoy digo que agradezco todo lo que pasé en la infancia”. Y aunque Susana ha egresado felizmente de esa etapa, volver a ella con la memoria revive recuerdos de sacrificio, tristeza e incomodidades.

“Nací en Esperanza en la casa de los abuelos -cuenta-. Viví más o menos un año allí y después nos fuimos a vivir al campo en Colonia Nueva”. Tenía cuatro años cuando con su hermano un poco mayor ya ayudaban con las tareas de ordeñe y arreo de ganado. Relata que es la segunda de cinco hermanos y la única mujer. La época de la escolaridad la llevó nuevamente a Esperanza. “Mis viejos querían que una tenga un estudio y eso lo comprendés cuando sos más grande”. Así, tras un único año en la escuelita del campo, Susana pasó a ser pupila en una institución religiosa dirigida por monjas.
Como una Jane Eyre del siglo XX, Susana vivenció los rasgos más rígidos del pupilazgo. “Estuve pupila toda la primaria. Solamente volvía al campo los sábados y domingos. Era como un servicio militar. Y fue muy fuerte porque no había pupilas tan chicas como yo. A esa etapa la sufrí bastante pero al día de hoy lo agradezco”. He aquí una materia superada. La secundaria fue otro tema. A diario viajaba con dos de sus hermanos desde Colonia Nueva a Esperanza. Colectivos, parte del tramo en bicicleta, aprender a hacer dedo, no parar ni con lluvia y, al volver, sumarse a la labor familiar. “Llegábamos, comíamos algo y al tambo. Mi mamá fue siempre una persona enferma así que yo tenía la responsabilidad de la casa. A veces llegaba la noche y no había estudiado. Pero me recibí”, señala con satisfacción. Sin dudas, otro tramo aprobado.
Cuando el cambio toca una vida
“Yo quería ser pediatra pero era el 76 y mis viejos no quisieron que me fuera a Rosario”. La opción, entonces, fue la enfermería. Susana llegó a la capital de la provincia, fue a ayudar en sanatorios, se graduó en la Escuela Superior de Enfermería y trabajó tanto en el ámbito público como en el privado. Ya en Santa Fe, conoció al “Tano”, quien se convirtió en su marido. Juntos conformaron una familia de cuatro. “Tengo dos hijos divinos”, afirma con una sonrisa amplia. Pero tampoco ese trayecto fue fácil. El deseo de maternidad chocó más de una vez con la realidad hostil. Puso una enfermería en su casa, con su familia vivieron en distintos lugares de la ciudad hasta que se instalaron en la zona del negocio que tienen desde hace treinta años. Y por ahí tampoco el devenir fue sencillo. Pero seguro hay otra materia aprobada. O eso parece.

“Mis hijos me dicen, mamá vos no sos la de antes. Y claro, yo crecí. Aprendí a saber lo que quiero”. Y ¿qué fue lo que llevó a Susana a este presente de certezas? 2008 marcó un quiebre. En ese año al negocio familiar llegó una mujer a comprar un matafuegos. La mujer era Nanci Velázquez y el elemento de seguridad era para su taller de pintura. Por entonces, Susana estaba pasando un momento familiar complicado y su hijo Pablo, tras instalar el extintor, le sugirió conocer el lugar de arte. “Nanci es una gran pintora -señala hoy a la distancia-. Yo fui a probar y no salí más de ese mundo”.
Susana empezó a pintar, a participar de exposiciones; un mundo diferente se abrió frente a ella. Siguió a Velázquez a la Asociación de Artistas Plásticos, adonde conoció a otra mujer que desea destacar: Lucía Schmidhalter. “Hice muchos viajes con ellas a encuentros de pintores”, cuenta. El arte la llevó por distintos lugares de Argentina y la visualización de sus obras le generó reconocimientos. “Cuando Nanci dejó yo no sabía qué hacer. Entonces, conocí a Juan Müller. Seguí estudiando y fueron pasando un montón de cosas”.
Lo que llegó para quedarse
“Yo no sabía nada de arte, nada. Y cuando lo conocí descubrí un cable a tierra. El arte me hizo crecer, valorarme. El arte a mí me cambió la vida, lo amé, lo amo y no voy a dejarlo”. Susana cuenta que actualmente estudia con Guillermo Jara y disfruta de los encuentros que su maestro organiza mensualmente en Rincón. En un camino propio de descubrimiento, relata que empezó con abstracto. “Hice mucho tiempo abstracto. Después empecé a probar con cosas reales y lo figurativo. Voy y saco fotos de lo que quiero pintar o puedo pasarme horas frente a un paisaje. Sí, claro que tengo mi propio lugar: el cuarto que era de los chicos. Lo desarmé entero y me hice mi tallercito”.
En cuanto a las técnicas, explica que probó con todo. “Empecé con óleo y seguí con pastel al óleo, tinta china, acuarela y acrílico. Hoy me quedo con el acrílico. Lo amo”. También señala que con la experiencia fue adquiriendo confianza, que hacer un cuadro ahora le lleva ahora mucho menos tiempo y que aprendió a resolver problemas con facilidad. “Ahí está el crecimiento”, afirma.
“Hace unos años me encontré con otra situación. Se me presentaban cosas religiosas y empecé a hacer cuadros religiosos. ¿Sabés qué? Es como que alguien me lo mandaba”. Actualmente Susana se centra en el arte figurativo y en la creación con temáticas religiosas. Esa inspiración espiritual también se vuelca en una acción por la que devuelve lo que recibe. Así, se autoimpuso hacer por lo menos dos donaciones al año a capillas, iglesias y distintos lugares de cuidado, como el geriátrico de Humbolt en el que su madre pasó una década.

Un concepto de felicidad
Susana participa en muestras colectivas, lleva su arte a distintos lugares e incluso lo exhibe en su negocio. Como si lo que crea fuera parte inseparable de su persona, aun en la cotidianeidad. Señala que no lo hace para vender pero en varias oportunidades surgieron personas interesadas en sus pinturas. “Yo no le pongo precio y me dan tres veces más de lo que hubiera pedido”, señala con esa candidez tan fácil de percibir en ella.
Actualmente los días de Susana están ocupados por su arte, el negocio y la familia. Un marido, dos hijos y cuatro nietos forman su mundo íntimo. Cuenta que le gusta dibujar árboles, participar en muestras, la música con cantantes líricos y afirma que salir a pasear con sus nietos es siempre una buena opción. “Es tan poco el tiempo que se me pasa volando. Agradezco a la vida. Me gusta ir a la iglesia y una o dos veces al mes voy a misa. Lo que me pasó en la infancia son las materias difíciles que pude rendir. Me quedó una dando vuelta pero ya la voy a pasar. Y estoy feliz porque la vida es hermosa”.
