
Sara vivió su infancia y primera juventud en Rincón, un lugar especial para ella en el que en la actualidad pasa parte de su tiempo. A Santa Fe la trajo el cursado de la secundaria y después una vida de esposa y madre. A sus cuarenta años y con ocho hijos decidió dar pie a esa vocación que siempre estuvo en su interior: las artes plásticas. Al estudio le siguieron las muestras que la llevaron hasta Europa. Hoy, mientras disfruta de logros personales y profesionales, agrega a sus obras abstractas un toque religioso. Como parte de sus convicciones, de sus intereses presentes. “Yo no pinto por pintar, soy comprometida con el momento”.
“Yo nací en Santa Fe pero me crié y desarrollé como niña y joven en Rincón”, cuenta Sara. Ese lugar distante sólo dieciocho kilómetros de la capital provincial ejerce sobre ella una especial atracción. Hoy, pasa allí parte de su vida en una casa originada en la época de oro del ferrocarril y transitada por un gobernador antes de llegar a su familia política y finalmente a ella. “Es una casa preciosa de más de cien años sobre el río”, Es que Rincón son los paisajes, el ambiente de artistas e investigadores; la misma locación en la que –según relata- durante el boom del paisajismo, los dibujantes “se peleaban por sus espacios”.
Sara siente que ella nació “con ganas de pintar y dibujar”. Relata que a los nueve años recreó la complejidad de la iglesia de Rincón para el periódico escolar. “Al periódico lo hacíamos nosotros en una fuente con gelatina”, recuerda. Destaca la importancia de aquella escuela pública de su infancia y de las maestras que “valían oro”. Todo un entorno que propició saliera a la luz lo que ya llevaba en su interior. “Viste que hay cosas que te marcan para distintas actividades. Así que yo me daba cuenta de que lo que quería hacer era dibujar y pintar”.
Sin embargo, esa vocación, incluso presente en la niñez de Sara, fue quedando postergada por otras prioridades. Para la secundaria se trasladó a Santa Fe y muy joven se convirtió en madre. “Entonces me dediqué a ser ama de casa solamente. No hice otra cosa. Tengo ocho hijos y para eso hice una familia, para dedicarme a ella. Y valió la pena, pude criar y educar perfectamente a mis hijos”. Actualmente esa descendencia se multiplica en veintidós nietos, una bisnieta y otro en camino. “Todo lo que he hecho es de la mano de Dios y le agradeceré siempre porque todos mis sueños fueron realizados”, afirma con certeza.

El momento de la vocación
“Mi asignatura pendiente era dibujar, pintar, ser artista. Así que a los cuarenta años, cuando mis hijos más grandes estaban criados y a los más chicos podían ayudarme a cuidarlos, empecé la Mantovani”. Esta institución es otro espacio que valora haber transitado. “Hice la tecnicatura superior en artes visuales y me especialicé en escultura y pintura. Los mejores años los pasé allí adonde empezó mi carrera artística”. Habla con afecto de sus compañeros -“algunos tenían la misma edad que mis hijos”, acota- y con admiración de sus maestros. “Mis profesores me ayudaron un montón con mi creatividad. Siempre fui más atrevida dentro de lo clásico”.
Una vez recibida empezó formalmente su exitosa carrera. Cuenta sobre su primera exposición como artista única, su participación en muestras y salones. Hace referencia al salón primavera del que participó con pintura y escultura. Recuerda el evento denominado “La Mantovani está en el Rosa”, en el que intervino con una escultura que puede verse aún hoy en el living de su departamento del sur de la ciudad. Se trata de una mujer embarazada de figura estilizada hecha en cemento.
“Cuando quedé viuda probé irme a Buenos Aires. Nos fuimos todos menos dos a probar suerte. Algunos estaban en la facultad, otros en el secundario. Hubo algunos que no se encontraron y volvieron. Mis dos hijas siguen viviendo allá”. En la capital del país Sara encontró otro rumbo para su carrera.
“Suelen hablar mal de Buenos Aires. A mí me recibió con las manos abiertas. Me ayudaron en todo”. Relata que presentó sus pinturas a una galería y a la semana la llamaron para exponer en plena Avenida Alvear. Ya en sus primeras muestras empezó a invitar a galeristas. Con la visualización mayor de su trabajo, las obras de Sara llegaron a San Telmo y a sus prestigiosos espacios. A partir de ese momento, los límites se expandieron. Fue elegida para participar en un grupo de seis artistas en la Bienal de Florencia (Italia). “Allá conocimos el mundo porque había representantes de setenta países. Divina la experiencia”.
Dura con el presente cultural santafesino, Sara destaca que “Buenos Aires es una ciudad primer mundo que tiene todo para llegar. Ahí se incentiva el arte. Tienen el arte a flor de piel”. Siente, en cambio, que esta ciudad capital de provincia, no valora como debiera a artistas locales reconocidos más allá, incluso, de límites nacionales. Entonces, aparecen los nombres de sus admirados maestros Roberto Favaretto Forner y Julio César Botta. “Fueron grandes artistas, becados internacionalmente. No lo digo para criticar sino para ver qué hacemos entre todos para levantar a Santa Fe en lo artístico”.
Un día en la vida

Hoy Sara disfruta de su vida familiar y sigue dedicando parte de su tiempo a la creación y a las muestras. “Ahora ya no lo hago con tanta intensidad porque digo que llegar a Europa fue lo máximo. Eso ya es un sueño cumplido”. Señala que hizo cursos de música y de cine para situar las obras plásticas en un concepto artístico temporal mayor. “Ubicás en una época a tu pintura para saber qué pasaba en el mundo”.
Sara afirma que su vida es tan normal como la de cualquier ama de casa. Cuenta que es inquieta, que le gusta disfrutar del cuidado de su jardín en Rincón, que escribe y asiste a un taller de poesía con una amiga. En los últimos tiempos lo que ella llama la parte social ha logrado atraparla. Participa a través de la iglesia católica en acciones de ayuda humanitaria. Y lo hace con la misma actitud con la que ha tomado cada decisión en su vida.
La pintura de Sara se inscribe en el abstracto. En el texto que ella elaboró para su inclusión en la monumental obra que recopila a los artistas de la Bienal de Florencia puede leerse la descripción de su búsqueda estilística: “Llegué al constructivismo, simplificación de formas, fragmentación, orden artístico-emocional. Lo figurativo lo uso para acercarme al público”.
Actualmente su creación muestra una nueva impronta. “Ahora estoy haciendo arte religioso. Yo no pinto por pintar, yo soy comprometida con el momento”, señala enfatizando la importancia de su credo y de sus convicciones. “Estoy muy contenta de decir la verdad, de ser auténtica. Tengo carácter para eso. ¿Si sigue habiendo nervios ante una nueva muestra? No, yo estoy muy convencida de lo que hago”.
Texto: Julia Porta
Fotos: Pablo Aguirre
Sesión: Perfiles
Edición: D N° 117
