El cuerpo humano ha sido, desde siempre, lienzo, escultura y símbolo. A través del arte podemos leer cómo cada época construyó sus propios ideales de belleza, pero también de salud. Como nutricionista, me interesa especialmente cómo esos modelos estéticos impactaron —y aún impactan— en nuestra relación con el cuerpo, la alimentación y el bienestar. Porque los ideales no solo se contemplan: se internalizan, se desean y, muchas veces hasta se padecen.

Vivimos en tiempos de redes sociales. Las pantallas nos devuelven, una y otra vez, imágenes que nos modelan o inspiran. La publicidad, el arte, el cine, la moda y ahora las redes construyen, con distintas estéticas, una narrativa dominante sobre cómo debería ser un cuerpo “deseable”, “correcto” o el cuerpo “saludable”. Estas imágenes, tienen efectos concretos sobre nuestras prácticas, nuestras emociones y nuestra salud.

El cuerpo como espejo de época

En la prehistoria, las figuras femeninas eran representadas con formas amplias, caderas anchas, senos prominentes y vientres redondeados. Esto encarna una idea ancestral de fertilidad, abundancia y poder vital. Ese cuerpo era deseable porque significaba supervivencia. Siglos después, el cuerpo humano se esculpe desde la proporción áurea: nace el ideal de simetría, “la divina proporción”, musculatura armónica y juventud eterna. La salud, se asociaba a la medida, al equilibrio entre alma y cuerpo, la unión entre lo bello y lo bueno. La salud se ligaba a proporción.

Con la aparición de la moda industrializada, el cuerpo comienza a ser más rígidamente controlado. Los corsets no solo modelaban la cintura: también disciplinaban el deseo y marcaban una idea de salud asociada a la fragilidad, al recato, a la delgadez. El siglo XX nos arrastró por una montaña rusa de cánones. Del ideal curvilíneo y saludable de las pin-ups en los años 50, al cuerpo ultradelgado de Twiggy en los 60. De la era fitness con cuerpos tonificados y voluptuosos en los 80, al heroin chic de los 90 con modelos extremadamente delgadas, pálidas, hasta con ojeras. Cada década construyó una versión de lo deseable y lo saludable, a veces contradictoria y casi siempre inalcanzable.

¿Y hoy? El cuerpo digital y la salud

Hoy el cuerpo es, sobre todo, imagen. Con filtros, retoques y poses milimétricas, las redes sociales se han convertido en nuevas galerías donde cada persona es modelo, y espectadora a la vez. Se sube una selfie, pero también un estilo de vida. Se muestra un cuerpo, pero también una dieta, una rutina de ejercicio, una disciplina. La salud parece que se trata de mostrar cuán bien comemos, cuánto entrenamos, qué tan “fit” nos vemos. Sin embargo, detrás de esa estética saludable, muchas veces se esconden prácticas obsesivas, desequilibrios, trastornos alimentarios o simplemente una desconexión profunda con el placer y el cuidado genuino.

Desde mi profesión, propongo cuestionar estas representaciones. No para negar el arte, ni la belleza, ni la posibilidad de cuidarse, sino para recuperar la salud como experiencia integral: no es un cuerpo que se ve bien, sino un cuerpo que se siente bien, que puede habitarse sin culpa, sin comparación ni dolor. Hablar de nutrición hoy, implica revisar los modelos con los que crecimos, el arte, en ese sentido, puede ser una herramienta para pensar(nos) distinto. También desde la nutrición podemos construir esa mirada más humana. Enseñar a comer no es dar una dieta, es habilitar una conversación con el cuerpo, con su historia, su memoria y su contexto. Es dejar de medirnos solo por talles o calorías, y empezar a preguntarnos: ¿qué me nutre? ¿qué me hace bien? ¿Qué me dice y que veo de mi cuerpo?

El cuerpo no es solo biología: es lenguaje, símbolo y territorio. Los ideales de salud que se reflejan en el arte nos permiten ver cómo cada época pensó el cuerpo, y cómo esos modelos aún nos habitan.

Texto: MSc. Virginia Borga – MP 1140