Se trata de una propuesta recién inaugurada en el Centro Cultural Recoleta que forma parte de una campaña creada por el colectivo Mujeres que no fueron tapa (Mqnft), que invita a reflexionar sobre la diversidad de los cuerpos, a la vez que interpela los patrones de belleza y género impuestos socialmente.

¿Qué pasa cuando liberás la panza? ¿Qué te decís cuando te mirás al espejo? ¿Cómo aprendiste que tener panza está mal?, son algunas de las preguntas que articulan el recorrido por «Hermana, soltá la panza», una muestra recién inaugurada en el Centro Cultural Recoleta que forma parte de una campaña creada por el colectivo Mujeres que no fueron tapa (Mqnft) e invita a reflexionar sobre la diversidad de los cuerpos, a la vez que critica los estereotipos de belleza y género impuestos socialmente.

«Uno de los objetivos de la muestra era salir de la virtualidad y que estas imágenes pasaran al espacio público, a la pared, para generar otras miradas sobre la circulación del cuerpo. No son lo mismo las imágenes que ves scrolleando que las que te impactan en el tránsito, en la calle, en las publicidades que vemos cuando vamos en el auto», explica Lala Pasquinelli, artista, fundadora del movimiento Mujeres que no fueron tapa y organizadora de la muestra, que permanecerá abierta hasta mayo.

«Hay un montón de fotos en las que aparecen cuerpos enteros y que muestran una expresión feliz en torno al cuerpo.»Luis Gimelli

La exposición que se despliega en el Recoleta articula fotografías, textos y audios de mujeres que enseñan su panza y relatan historias sobre esa región de la anatomía sobre la que pesa un imperativo disciplinador según el cual solo un abdomen chato es sinónimo de belleza. «Esos audios son el 50% de la muestra -detalla la artista a Télam-. Lo que intentamos hacer es construir desde abajo y colectivamente pedagogías de cuidado, de la amorosidad, de hackeo de los discursos que nos vienen dañando y construir nuevos discursos».

Las fotografías se acumulan unas junto a otras de manera repetitiva a partir de la técnica llamada «damero», que permite colocar imágenes en una disposición similar a un tablero de ajedrez. El damero tiene una presencia recurrente en diferentes movimientos de vanguardias artísticas y según la disposición de las imágenes, su repetición tiene efectos visuales diferentes. Se pueden formar distintas figuras. Sin embargo, el objetivo principal de la muestra no era tanto el efecto visual sino más bien «que las mujeres se encuentren con las imágenes de cuerpos que ‘se nos parecen, que son como el de todas'», relata Pasquinelli.

«Pero esos cuerpos son invisibles para nosotras -advierte la activista-. Son los cuerpos de todas las mujeres que tenemos alrededor pero no los vemos porque nuestro ideal de representación está tan construido por esos estereotipos que no se nos parecen y por estas identidades que nos resultan inalcanzables, que ni siquiera podemos percibirnos y mirarnos a nosotras como dentro de lo posible«.

Luis Gimelli, que trabajó en «una especie de co-curaduría junto con Pasquinelli y Paula Bizzio», señala que «de alguna manera, lo que se expone es lo que a todos nos atormenta en la vida y lo que menos queremos mostrar: nuestras panzas. Cuando la pensé dije ´bueno, si eso va a estar tiene que ser una muestra muy empática pero no por eso dejar de lado una postura muy crítica con respecto a la idea de cuerpo hegemónico que nos ha torturado toda la vida´», indica Gimelli, quien define al proceso creativo detrás de la muestra como muy «feliz».

«Hay un montón de fotos en las que aparecen cuerpos enteros y que muestran una expresión feliz en torno al cuerpo. Hay una pared del espacio que tiene una repetición de fotos de panzas que va machacando sobre la idea de que ´bueno, esto es lo que te atormenta´ pero ´no es tan grave´, ya que «todos tenemos panza y podemos transitar el hecho perfectamente, dejando de estigmatizar», apunta el curador.

Las fotos que aparecen de cuerpo entero muestran a mujeres en la playa o sentadas tomándose una selfie, con las panzas al aire, sueltas, libres y cómodas. Las que aparecen en mosaico, juntas y en diferentes tamaños, son acompañadas por testimonios que pueden escucharse a partir de la lectura de un QR con un celular. También se incluye un instructivo sobre «cómo soltar la panza».

Dentro de uno de los mosaicos hay una foto de una mujer rubia que lleva el pelo despeinado, hace con la mano un gesto del estilo «rock star» y está sentada en su escritorio con la remera levantada. Saca la lengua. La mujer es Lucia Adelardi, tiene 33 años y terminó recientemente su tesina en Psicología dedicada a la gordofobia.

«Meter panza es algo muy propio del aprendizaje que tenemos las mujeres y de la memoria del cuerpo, de todo lo que está en juego: de la vergüenza de mostrarla a la obligación de ocultarla», relata Adelardi en relación a la consigna de la campaña.

Las panzas que se exhiben en la muestra enseñan, en palabras de la joven, la gran diversidad que existe. «Decidí participar porque me pareció super importante el tema de la visibilidad. Cuando los mensajes siempre son ‘escondete’ o ‘eso no hay que mostrarlo’, ‘tenés que bajar la panza o meterla para adentro’, te están pidiendo que escondas quién sos. La campaña y la muestra tienen que ver con celebrar la diversidad. Estas somos todas y nos tenemos», celebra.

En un punto del recorrido, hay un «instructivo» que preanuncia «Herramientas para soltar la panza´, «un texto que fue construido de manera colectiva en talleres», cuenta Pasquinelli. Y amplía: «Hay un relato de la revolución (feminista) que incluye toda una épica tan titánica de cosas que deberíamos empezar a hacer que entonces nunca las vamos a empezar a hacer», argumenta la organizadora de la muestra, quien cree a partir de su propia experiencia y de otras ajenas que «con todas las opresiones con relación al cuerpo es necesario empezar por pequeños gestos para sacarnos de encima todo esto».

«El gesto de encontrarnos con otras, tener otras conversaciones y alejarnos de aquellas que nos hacen mal, el gesto de ponerle un freno a los comentarios sobre nuestros cuerpos y dejar de consumir imágenes que nos dañan. Creo que hay que empezar por esos lugares que es lo que desencadena otras consecuencias», subraya Pasquinelli.

La muestra tiene como antecedente la campaña titulada con el mismo nombre, donde en el marco de una acción del colectivo Mujeres que no fueron tapa se compartieron imágenes y experiencias en torno a «soltar la panza» en redes sociales. Sobre este punto Paula Bizzio, miembro del colectivo, destaca que para ella es «importante que se vea el corazón de la campaña, que las voces y los cuerpos que estén sean de las mujeres que han enviado sus testimonios y sus fotos, toda la información que llegó a nosotras».

En las redes, las imágenes fueron vistas por más de 60 mil personas. «Viral total», festeja Bizzio. Agrega que ver esas imágenes y escuchar estos testimonios en un lugar donde «no estamos acostumbradas, acostumbrados, acostumbrades a ver» le parecía «muy contrahegemónico», palabras con las cuales también define al trabajo que realizan desde el colectivo.

Verónica Baroni tiene 41 años, es médica y docente en la Universidad Tres de Febrero. Oriunda de San Martín en el conurbano bonaerense, donde vive con su compañero Javier y sus dos hijos Ana y Joaquín. Conoció la campaña de a partir del colectivo, del cual participa activamente en redes sociales con comentarios.

«En relación a esta propuesta, sentí que iba dirigida a mí y que venía a poner luz en algo que estaba totalmente invisibilizado que tiene que ver con nuestra corporalidad y con los mandatos que nos atraviesan toda la vida, que tienen que ver con la delgadez y con un modelo físico ´ideal´», relata Baroni a Télam, quien eligió mostrarse a través de una foto sacada por su hijo que, precisa, la hace «sentir fuerte, libre y bella».

Para Baroni, era importante estar y «dejar sellado el compromiso» ya que entiende que el espacio del Centro Cultural Recoleta «tiene otro alcance» y espera que esta propuesta «llegue a todas las chicas que alguna vez sufrimos por la gordofobia en concreto».

La cuestión de la visibilidad siempre fue un eje central del movimiento. Durante el proyecto Pasquinelli y su equipo tuvieron que realizar diferentes gestiones porque sufrieron un «baneo» en las redes sociales. En este sentido, Pasquinelli analiza que esto se relaciona con el hecho de que «el algoritmo prefiere determinadas características físicas y las potencia mientras que otras las muestra menos».

«Nosotras no mostramos belleza en términos de lo que considera el algoritmo, entonces esto nos restó mucha visibilidad sobre gran parte de la campaña. La viralización, a causa de que nuestras seguidoras compartían nuestro contenido, ayudó a que saliéramos adelante», explica.

En esa línea, Pasquinelli propone hacer un llamado a reflexionar sobre nuestros propios consumos. «Hay un sesgo propio de lo que consumimos, estaría bueno obligarnos a consumir cuerpos que se nos parecen, gente que se nos parece o que es diferente», señala.

Las fotografías revelan mujeres que «están ahí plantadas, contentas, haciendo lo que tienen ganas de hacer y eso tiene mucha fuerza», observa Pasquinelli. Su carácter desafiante y contrahegemónico emociona, moviliza, impacta. «La invitación de la muestra es a encontrarte en estas historias y darte cuenta de que eso que a vos te pasó, son cosas que no te pasaron solo a vos, sino que es un problema que está afuera», remarca, y cuenta también que le gustaría que quienes visiten la exposición experimenten «el alivio que da reconocerte en otra».

 

FUENTE: TELAM

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