Linda nació en Perú pero insiste en que es venezolana: su país de origen está entretejido con los peores recuerdos de infancia. A los diez minutos de la mayoría de edad cargó en su mochila el peso de ser indocumentada y remó a ciegas en Maracaibo, entre la ilegalidad y la milagrosa ayuda de desconocidos. Una hija con discapacidad fue la prueba más fuerte que le puso su dios, a quien venera. Hace unos años llegó a la Argentina siguiendo a un amor.

Quizás de eso se trate: de caminar con algún rumbo. Y en los recodos, armar nidos que inviten a volver al final de cada día. Quizás se trate de coser los retazos que dejan algunas infancias para armar vidas mejores.

Linda es costurera pero quiso ser médica: su mamá le dijo que eso no eran cosas de mujer, le puso una aguja en una mano y un hilo en la otra y la mandó al mundo.

Su mamá no es mamá sino Manuela, una identidad que ella pudo reconstruir después de años de aprender a perdonar. Su infancia en Lima, Perú, fue de golpes, de hacerse cargo como si fuera madre de sus hermanos pequeños, de violencias varias. Su infancia fue el sueño de ser médica y la certeza de que jamás.

Linda – que es Adelinda Espantoso Torres y es mamá de Ninfa, Emmanuelle y Valentina- metió en una bolsa su infancia de cruces, la ató en un palo y puso la mira en Venezuela como tierra prometida que alguna vez le permitiría cruzar el pasamanos hacia el gran sueño americano. 

«Te tenés que casar, así tenés la ciudadanía», le decían sus compadres y comadres de la calle. Ella las pasaba feas: no tenía dónde estar ni qué comer. «Pero tenía dos manos. Mis manos me salvaron siempre, junto con un montón de gente que encontré por el camino, en los lugares más insólitos, y que me ayudó sin conocerme. Esto es lo increíble: una persona te ayuda sin saber quién sos, sin saber siquiera si va a volver a verte. Es casi milagroso», dice. Y que no le importaba nada salvo estar lejos de esa casa peruana del horror. Maracaibo fue el parche que remendó su vida descosida de ausencias.

Ninfa es muy elegante. Esbelta, bonita, larga. Sus épocas de crisis hacen intervalos con una vida más o menos tranquila: tiene una discapacidad intelectual severa que cada tanto le provoca episodios violentos.

La decisión de internarla para que viva en un hogar donde puedan contenerla se tomó hace poco y todavía duele. «Jamás me imaginé en la situación de tener que tomar una determinación de ese tipo», llora la mamá cuando cuenta. Pero asume que allí está bien, con profesionales que saben cómo abordar el cuadro. Y que ella ya no podía más.

«Había que casarse y me casé», evoca de su sueño venezolano. Y que no estaba enamorada: sabía que su norte era crecer, hacerse una carrera como modista, vivir de lo que hacía. 

Rafael era un chico bueno, cinco años menor que ella, que empezó como facilitador de documentos y terminó como marido cama adentro.

«Al principio fue todo muy bien. Él era un muy buen herrero y yo empezaba a comprarme mis máquinas y a sumar costureras. Yo aprendí su oficio y él el mío: nos complementábamos cuando hacía falta. No estaba enamorada, pero estaba tranquila, y eso para mí era el paraíso», cuenta hoy desde su casa sabalera, ubicada frente al Club Colón.

Pasó el tiempo, buscaron ser papás, nació Ninfa. Todo parecía tomar sentido. Hasta que apareció en su horizonte una palabra desconocida hasta entonces: Ninfa tenía meningitis.

La salvaron de la muerte pero no de las secuelas. Linda habla de eso y llora, llora desgarrada como si aún sus ojos vieran convulsionar a ese cuerpo recién salido de su cuerpo.

Dice que es imposible transmitir el dolor de ese día. Y que desde ese momento se dio cuenta de que estaba sola: Rafael opinó que era mejor correrse – y se fue corriendo detrás de alguna pollera.

Ninfa fue el desafío más complejo de la vida de Linda. Fue el viaje sin papeles, el horizonte siempre esquivo. Fue andar a ciegas entre médicos, hospitales, estudios miles. 

Linda asumió que esa era su responsabilidad: se apoyó en amigos y amigas, compadres y comadres, y siguió caminando.

La vida de Linda volvió a ser oscura. Atendía a su hija: los tratamientos, las complicaciones, la demanda permanente y absoluta. Se ocupaba de parar la olla con su labor. Y rezaba: siempre rezó, reza y rezará, porque considera que todas las cosas que le pasan son pruebas que dios manda a quien está en condiciones de aguantarlas.

Si hay pelea hay reconciliación: Rafael volvió un día arrepentido, dispuesto a aceptar el reto y hacerse cargo de su hija. Por un momento pareció que el sol volvía a regalar algún filtro, a pesar de todo.

Ninfa tenía seis años cuando Linda quedó nuevamente embarazada. Fue un balde de agua fría: Rafael se volvió a sentir desbordado y huyó. Así es la escena: Linda en su máquina, su bebé en la panza, su niña y su cuadro dando vueltas, su vida otra vez rasgada.

Cómo hizo, ni ella se lo explica. La respuesta es dios, insiste. La cuestión es que los críos crecieron y ella estuvo ahí para darles lo que hiciera falta. El tiempo pasó.

Sus comadres empezaron a decirle que la veían sola, que necesitaba algún amor. Ella veía la vaca y lloraba, pero se dejó armar una cuenta de messenger para conectarse con gente desconocida. «No pierdo nada», pensó, ella que ya había perdido tanto.

Empezó a chatear con Javier, un santafesino que trabajaba en Prosegur y a quien llegó a amar tanto como la virtualidad habilita. Hablaron, llegaron a conocerse, avanzaron. 

Hasta que un día, Linda aterrizó en Ezeiza con Ninfa y Emmanuelle. Aquí nacería su argentinita, Valentina, que hoy cursa su sexto grado. 

En el Centenario cose, atiende a las vecinas, sabe que su hija está en buenas manos porque el estado la ayudó. Cose y sueña: «Quisiera alguna vez poder armar algo, una fundación, un espacio para todas esas mamás que andan por allí con sus hijos e hijas con discapacidad. En estos años he visto de todo. Argentina me abrió sus puertas y he conocido personas maravillosas. Vi mamás que dejan el pellejo por estos hijos. Y también vi mamás que ya no podían más, que abandonaban en el camino porque estaban exhaustas. Sería maravilloso poder ayudarlas», cuenta.

Hoy su horizonte son sus hijos, insiste. Imagina mundos mejores y sabe que está en sus manos abrirles la puerta. No teme poner sus pies en tierra nueva.

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