En su obra literaria, Enrique cultiva distintosgéneros, narrativos sobre todo, a los que atiende siempre desde una“disposición poética, esa concentración en sostener el equilibrio entre un‘estado de alerta’ y un ‘estado de inocencia’, como decía Edgar Bayley”. Sinembargo, entre sus numerosos libros editados, solo se cuenta la edición de unpoemario, hoy casi inhallable: “Caperucita Roja y otros” (2009). Esta deuda sesaldará muy pronto con la aparición de “Amor se fue” /“Antífonas” / “Apuntessobre Proust”, tres conjuntos de poemas en un mismo libro que editará Palabravadentro de su nueva colección “Santa Fe Rosa de los Vientos”, dedicada a poetasde los distintos rincones de la provincia y para la cual sigue investigandoautores y autoras.

TS —El cine, el teatro, el periodismo, la literatura, la traducción: ¿de chico era así de amplio tu horizonte? ¿Qué imaginabas que «serías de grande»?

EB —Como todos los chicos, era muy fantasioso. No logré las conquistas astrales que imaginaba pero, a los tumbos y probando también oficios no tan prestigiosos como los que nombraste, me fui dando un destino que el chico que fui no hubiera despreciado. De chico uno no cuenta con cómo la historia nos arrastra y nos hace morder el polvo, y cómo tantas veces tendremos que hacer lo que podamos contra ella, contra el tráfago de la historia.

TS —Me gustaría que me cuente la experiencia en Italia y por qué fue ese país al que emigró.  

EB —Bueno, yo soy hijo de dos italianos, pero cuando fui a Italia, gracias a una beca del Rotary Club, mi interés se centraba en que el mejor cine y la mejor literatura que conocía eran entonces los italianos. Allá me dediqué al cine pero cuando opté por volver a Santa Fe, y gracias al trabajo en El Litoral, pude privilegiar las letras que siempre preferí.

TS —Ya que lo menciona, ¿cuál es la función, si me permite este término, del periodismo cultural en la cultura?

EB —El periodismo cultural debiera ser atractivo, colorido, chispeante, conversacional, aunque el tema a tratarse sea la muerte, la música clásica, el Ulises de Joyce o una película de BélaTarr. Quiero decir que, el periodismo cultural, debiera ser hecho por personas que piensan que las mejores manifestaciones del espíritu, lo mejor del arte, de la filosofía y demás, con las limitaciones del caso, están en libre acceso, en una biblioteca pública, en funciones artísticas o conferencias o talleres gratuitos. El arte es un privilegio a la portada de todos, sobre esa base el periodista cultural debiera escribir también para interesar al profano en la materia, desde luego, sin doblegar su pretensión de excelencia.

TS —El club de lectura lleva 25 años funcionando. ¿Qué define a un buen lector?

EB —En eso que, con propiedad, llamás club y no taller todavía nos asombran las maravillas de leer en grupo. Esa manera en que todos terminan enseñando algo. Esa manera de subrayar lo que se lee a través de exclamaciones unánimes, de una explosión de carcajadas, de una, se diría, común palpitación del corazón en ciertos momentos, cuando se atiende en medio de un silencio en el que hasta pareciera que dejamos de respirar. Y un buen lector es el que entendió que tiene que seguir aprendiendo a leer. El buen lector es como el que encontró la continuación perdida del Quijote en un mercado, es alguien “aficionado a leer aunque sea los papeles rotos de las calles”.

TS —¿Los verdaderos maestros solo están en la biblioteca? ¿No reconoce ninguno por fuera de ahí? ¿Cómo asume su lugar cuando le toca ser una referencia para escritores más jóvenes?

EB —No sé, hay tanta variedad humana, hay tantos destinos y circunstancias distintas. A mí no se me dio la ocasión de tener un maestro vivito y coleando. A mi lado vi mucha gente que elegía alguien en quien depositar una sujeción y una devoción que no pude soportar nunca. Me crié en un círculo de mi generación más bien parricida, ansioso de una libertad absoluta, por lo menos en el arte, el único espacio de libertad absoluta que se nos ofrece a los humanos, y que los intelectuales debemos defender a toda costa. Mis maestros están en la biblioteca pero, también, en mucha gente con quien puedo establecer una relación no de maestro y discípulo sino de amistad. Mis colegas del taller de lectura me enseñan día a día. Hay jóvenes que me enseñan día a día, como mis amigos Fabricio Welschen o JC Ramírez.

TS —¿En qué tradición literaria quisiera que lo inscriban? Reformulo: ¿cómo piensa la trascendencia?

EB —Bueno, la verdadera trascendencia es materia metafísica. El arte tiene pocos milenios de existencia, así que la trascendencia en el arte es un chiste. Pero hay una imagen que, en los momentos de bajón, me proyecto como una película: la eternidad sería como una explanada llena de grandes teatros, y cada persona elige entrar en la sala que mejor le sienta el espectáculo que ofrece. En verdad, ya en vida uno se va metiendo en el teatro que prefiere. Yo me empecé a meter en el teatro de los escritores. Allá en el escenario, bueno, está Homero; está Teócrito; está la Paloma, el Espíritu Santo que escribió La Biblia; están Ovidio, Virgilio, Dante, Cervantes, y así, los mejores, hasta los modernos, hasta Baudelaire, Henry James, Proust; hasta Borges y John Kennedy Toole. Después, en los palcos reales, ahí están Eurípides, Ariosto, Jane Austen; en la platea, bueno, centenares de luminarias, ahí se reconocen Guimarães Rosa, Rulfo, Silvina Ocampo, bueno y así seguimos para arriba hasta llegar al gallinero. ¡Y ahí estoy yo! ¡Imaginate, compartir el espacio y tiempo con todos ellos! Esa alegría, esa grandeza, esa pequeña eternidad es la trascendencia que se nos ofrece a los privilegiados, que los privilegiados soñamos para la eternidad. Lo increíble es que la entrada es libre y en gran medida gratuita, abierta hasta para los iletrados, porque entre los que están allá en el escenario, por supuesto, tiene su lugar destacado el cantor anónimo.

Texto: Mariano Peralta

Fotos: Pablo Aguirre

Nombre de sección: Literatura

Edición: N° 74

Un pensamiento en \"Enrique Butti, escritor: “El arte es el único espacio de libertad absoluta”\"

  1. Marcelo y Exequiel: Compartí con ese ser maravilloso casi 6 años de taller o club de lectura. y los pos, donde fluía la música y la magia de reconocernos en la misma pasión. Aun guardo en la retina la tarde que nos visitó Olga Orozco, mi poeta preferida. Enrique nos enseñó a paladear los buenos escritores y a ser mejores personas.Lo amo y espero se lo recuerden. Stella Rigiardi

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