LA OTRA PARED

Usted ya sabe cómo son las mujeres. Esto no significa hablar ni bien ni mal de ellas. Ocurre lo que dice todo el mundo: hay que amarlas y no buscar comprenderlas, en fin… Yo decidí darles esa casa a mi hija Débora y a su hijo Martín cuando me enteré de que venía una criatura. Antes, ya me había resignado a que esa pareja alocada durmiera donde los agarraba la noche y comiera cuando les picaba el hambre. Con mi mujer educamos igual a nuestras tres hijas, pero la Debi me salió torcida y se juntó justamente con el Tincho que a usted también le ganó por cansancio. Supongo que en algo tendremos que responder por la educación que les dimos. Débora no finalizó su carrera de Filosofía y Martín, por lo menos, terminó la escuela técnica. Menos mal que fue antes de que ustedes se fueran a Esquel a continuar con la cría de ovejas de sus padres. Pero digo que algo tendremos que ver con el delirio de sus vidas porque alguna raíz hippie le habremos transmitido inconcientemente. Claro, no se ofenda pero usted tiene varios años más que yo y de Martín fueron más abuelos que padres. Es extemporáneo hablar de hipismo en los ‘90, pero es la expresión que me surge frente a las imágenes acumuladas que tengo de ellos. Mi hija dejó la casa y su hijo la pensión. Se dedicaron al malabarismo y a la artesanía primitiva como dos crotos. Hicieron ese teatro aéreo colgado de los puentes sobre la Setúbal. Se fueron a pie al altiplano. De allá volvieron más locos. Querían vivir como los collas o los aborígenes estancados mil o dos mil años atrás. Se proclamaban agnósticos, anarquistas y contraculturales, lo que me produce una incontenible hilaridad. ¿Agnósticos?, si habían armado un duro dogma con esos principios ridículos que profesaban. ¿Anarquistas?, si el estado eran ellos y, lo de contraculturales, se los puedo aceptar aunque con reparos porque hacían y pensaban idéntico que todas las tribus urbanas de aquellos años surgidas del corazón del sistema y con transgresiones de cartón que en nada lo afectaban. Su conducta no le tocó una uña al sistema pero convirtió en tragedia la vida de quien más amamos.

Muchas veces, las más, perdí de vista a nuestros hijos: a mí el enojo me superaba y a ellos, la indiferencia. Pero entre los comentarios de mi familia pude reconstruir la historia y la vida que le dieron a nuestra pobre nieta. Como le dije, cuando me enteré del embarazo, me metí el orgullo en el bolsillo y les ofrecí la vieja y deteriorada casona colonial del ala patricia de mi familia abandonada en sucesión en el barrio sur frente al convento de Santo Domingo. La aceptaron después de muchos reparos. Confié en que su hijo que había llegado a Maestro Mayor de obra la acondicionara por lo menos para esa criatura que venía y fue así.  Lo primero que hicieron fue estamparle un cartel en la fachada: “El taller de la Debi y el Tincho”, después, revocaron groseramente algunas dependencias y acondicionaron una parte del profundo y extenso sótano. Lo supe por mi mujer que aunque nunca era bien llegada iba a verlos. Me contaba que estando Débora de 4 meses todavía no soñaban con el nombre del hijo o la hija que tendrían. Pero aquella tarde en que fue mi mujer, la hizo bajar al taller del sótano porque, según ella, estaba muy apurada en concluir trabajos que debía entregar. Delirante como siempre, porque cómo podrían competir las porquerías que hacían con las extraordinarias piezas existentes en la ciudad. Mi mujer vio que habían acondicionado la mitad del inmenso sótano y se atrevió a preguntarle qué había en la otra parte sin iluminar separada por un medio muro que perduraba desde su antigua construcción. Tuve que interrumpirla porque estuvo hablando de esa pared media hora. Era gruesa, aparentemente de barro, ruda, porosa y tan despareja que sobresalían bultos de barro en los que mi mujer veía caras. Muy enigmática, dijo. ¡Qué sé yo, quién las entiende! Usted, ¿alguna vez vio una pared enigmática? Cuando yo le dije que me aclarara eso, ella me contestó que ese muro parecía la separación entre dos mundos, entre dos dimensiones, dijo, y bue… Entonces, Débora encendió un velón y la llevó hasta el extremo oscuro. De pronto dejó caer el velón, levantó sus brazos y exclamó convencida que ya tenía el nombre de su hija: Dolores. Dice mi mujer que lo gritó como extraviada o poseída, como si algo de ese lugar oscuro le hubiera dictado no solo el nombre sino develado el sexo de la criatura al que ellos se negaban a conocer, pero usted sabe como son las mujeres.

Después de que mi hija gritó Dolores, volvió a la normalidad, como si viniera de otro lado, dijo mi mujer. Pero, ella se detuvo en la observación de esas paredes ahuecadas y húmedas que parecían haber sido una bodega. Cada cavidad le parecía un misterio a develar y por eso comenzó a internar sus manos en cada agujero. Me acuerdo que para sacarla de su obsesión le hice un chiste, le pregunté si no había encontrado un vinito añejo. Ella lo ignoró y siguió diciendo que después se retiró hacia el lugar iluminado porque ese otro sector le produjo un raro estremecimiento  y, un aun más extraño, deseo: indagarlo. Yo no le presté mucha atención a esas consideraciones demasiado femeninas y ahora estoy arrepentido. Me importaba solo lo útil y le pedí que me describiera qué clase de trabajo urgente estaba haciendo mi hija y qué tenía en ese bendito taller. Ella me dijo, insistiendo en el lugar iluminado, que habían máscaras, vasijas de cerámica, collares y pulseras del mismo material sumamente artísticos y que todo el ámbito estaba decorado de un modo muy original. Sobre una pared máscaras angelicales o demoníacas, sobre otra, cacharros y platos con pinturas casi esotéricas para la mirada de mi mujer, en una tercera, collares de varias vueltas con símbolos extraños y en la última sobresalía una mampara con vidrios antiquísimos de colores verde y naranja que atrapaba  la luz de la superficie con un efecto de rayos separados iluminando el muro de barro. Claro, por esa descomposición de la luz es que mi mujer creía ver imágenes en él. Pero como todas las mujeres, siempre se va por las ramas y otra vez tuve que interrumpirla porque insistía en describirme esa mampara tipo Vitro. Un ambiente especial, me dijo, contradictoriamente sonorizado con una música gregoriana. Parece que lo único que aceptaron de la tecnología fue un centro musical, no porque escucharan la radio, ya que se negaban a recibir información del “sistema”, sino solamente para pasar ese y otros sones exóticos. Nunca tienen plata, para esas pavadas, sí. Pero la curiosidad de mi mujer seguía sobre la otra parte del sótano, a la que siempre nombró como la entrada al otro mundo, ahora me doy cuenta de cuánto tenía mi nieta de su abuela.

Como escuchó hasta ahora, mi mujer siempre estaba buscando la quinta pata al gato, pero con lo que sucedió hoy me pregunto si no habrá gatos de cinco patas… Luego de perderse en la otra, volvió a esta dimensión y siguió describiendo el resto de la casa “chorizo” arriba del sótano. Descubrió que ni en la sala principal, ni en ningún otro sitio había un televisor. ¿Se da cuenta de lo que son las mujeres? Pasó de la otra dimensión a que no tenían televisor.  También, me dijo que de muy mala gana la Debi (como la llamaban su hijo y sus cómplices), le preguntó si se iba a quedar a cenar. Mi mujer aceptó en el acto porque quería ver cómo se alimentaba sobre todo por ese hijito que vendría. Mi hija comenzó a sacar insumos contenidos en vasijas hechas por ellos mismos, preparó un revuelto cargado de hierbas y armó una masa oscura sobre la que fue depositando el mejunje, esas cosas que se compran en las dietéticas. Parece que mi mujer le preguntó “¿Y huevos, y carne y leche…? A lo que Débora le respondió con inusitada agresividad “Somos veganos, no comemos nada que tenga ojos ni sus derivados.” Después de ingerir esas extrañas empanadas, mi mujer les preguntó si no les gustaría tener un televisor para distraerse un poco al final del día, que nosotros teníamos uno demás. Entonces, la agresividad se duplicó, porque tanto Débora como Martín le respondieron que en su casa nunca entraría ese aparato infernal. Débora dijo que quemaba el cerebro de la gente y Martín exageró, aunque más sutil, que era mucho peor: levantaba un paredón frente a los ojos de la gente para ocultarles la realidad. Recuerdo esa noche cuando regresó mi mujer porque no podía conseguir que deje de llorar pensando en la falta de proteínas de su próximo nietito. También, ridículamente, cuando se olvidaba de las proteínas volvía a llorar porque no tenían televisión ya que, según ella en este tiempo, era una necesidad para la información y para el entretenimiento. Aun así, yo en parte estaba de acuerdo con que la “caja boba” solo emitía porquerías (seguramente recordando mis anteriores principios). A decir verdad, casarme y tener tres hijas mujeres me aburguesó. Sin embargo, esa noche yo también tardé en dormirme. Otra vez mi mujer me hacía tambalear la estantería. ¿Qué era lo mejor para mi nietita, tener o no tener televisor? Hoy tampoco tengo la respuesta.

Como escuchó hasta ahora, mi mujer siempre estaba buscando la quinta pata al gato, pero con lo que sucedió hoy me pregunto si no habrá gatos de cinco patas… Luego de perderse en la otra, volvió a esta dimensión y siguió describiendo el resto de la casa “chorizo” arriba del sótano. Descubrió que ni en la sala principal, ni en ningún otro sitio había un televisor. ¿Se da cuenta de lo que son las mujeres? Pasó de la otra dimensión a que no tenían televisor.  También, me dijo que de muy mala gana la Debi (como la llamaban su hijo y sus cómplices), le preguntó si se iba a quedar a cenar. Mi mujer aceptó en el acto porque quería ver cómo se alimentaba sobre todo por ese hijito que vendría. Mi hija comenzó a sacar insumos contenidos en vasijas hechas por ellos mismos, preparó un revuelto cargado de hierbas y armó una masa oscura sobre la que fue depositando el mejunje, esas cosas que se compran en las dietéticas. Parece que mi mujer le preguntó “¿Y huevos, y carne y leche…? A lo que Débora le respondió con inusitada agresividad “Somos veganos, no comemos nada que tenga ojos ni sus derivados.” Después de ingerir esas extrañas empanadas, mi mujer les preguntó si no les gustaría tener un televisor para distraerse un poco al final del día, que nosotros teníamos uno demás. Entonces, la agresividad se duplicó, porque tanto Débora como Martín le respondieron que en su casa nunca entraría ese aparato infernal. Debora dijo que quemaba el cerebro de la gente y Martín exageró, aunque más sutil, que era mucho peor: levantaba un paredón frente a los ojos de la gente para ocultarles la realidad. Recuerdo esa noche cuando regresó mi mujer porque no podía conseguir que deje de llorar pensando en la falta de proteínas de su próximo nietito. También, ridículamente, cuando se olvidaba de las proteínas volvía a llorar porque no tenían televisión ya que, según ella en este tiempo, era una necesidad para la información y para el entretenimiento. Aun así, yo en parte estaba de acuerdo con que la “caja boba” solo emitía porquerías (seguramente recordando mis anteriores principios). A decir verdad, casarme y tener tres hijas mujeres me aburguesó. Sin embargo, esa noche yo también tardé en dormirme. Otra vez mi mujer me hacía tambalear la estantería. ¿Qué era lo mejor para mi nietita, tener o no tener televisor? Hoy tampoco tengo la respuesta.

El próximo verano nació Dolores de la Libertad ¡Qué locura de nombre!, vio. Ya la estaban condenando a la criatura a sufrir por su libertad. Nosotros la llamábamos Loló, como se nombraba así misma de chiquita y, sobretodo, porque no queríamos identificarla con la Lolita de Nabokov. Poco la veíamos y cuando nos permitían traerla, Loló entraba corriendo a nuestra casa, agitando sus manitos para que le encendiéramos el televisor. Permanecía subyugada frente a los dibujos animados. Esta fue una de las causas por las que enterados ellos, nos mezquinaban cada vez más a la niña. Hasta se negaban a escolarizarla. Fue una suerte de que tuvieran una hija tan sana porque tampoco recurrían a la medicina para controlar su salud. Todo lo arreglaban con yuyos. Pero una noche, nada bajaba su temperatura y tuvieron que consultar con un pediatra. Cuando este se enteró de que tampoco querían que ingrese a una educación sistemática, les dijo que le negaban una etapa fundamental para su socialización. Entonces accedieron. En la escuela, Dolores fue siempre excelente, pero se iba aislando porque no podía compartir los juegos de sus compañeritos que aludían siempre a los héroes de los dibujitos. Por mi hija Nora, supimos después, que durante años entre la infancia y la pubertad, Loló les imploraba a sus padres que tuvieran un televisor para verlo aunque sea un ratito por día, pero ellos no claudicaban en su apuesta anticivilizatoria y ridícula. Por eso, le sigo contando lo que usted no conoció, nuestros hijos determinaban sus diversiones: escuchar a María Elena Walsh u obligarla a leer un libro por semana, el que previamente habían apuntado en una rigurosa lista. Entre otros, Alicia en el país de las maravillas, de ese autor pedófilo que no es precisamente para criaturas. Mientras duró la niñez, si bien Dolores se mostraba retraída, parecía compensada. Todo fue complicándose sordamente. El aislamiento se profundizaba. La criatura no vivía, leía lo que sus padres le indicaban: antologías donde figuraban autores hispanoamericanos del realismo mágico que la sumergía más en un mundo irreal. Nora, ya graduada en psicología, lograba a veces arrancarle algunas mínimas confesiones. Fue por ella que he podido reconstruir casi completamente esta historia dolorosa por la que usted viajó tantos kilómetros.

Como ya le dije, Loló le contaba a mi hija psicóloga que sus compañeras adolescentes del curso tenían como centro de las conversaciones los amores de finales felices que veían en los culebrones de la tarde. Las chicas nombraban a los personajes como integrantes de sus círculos y la pobre Dolores no podía entender ni participar. Parece que en los recreos se ubicaba en el último rincón del patio enfrascada en alguno de sus libros. Pero nuestros hijos seguían empeñados en imponerle lecturas que iban tallando su cerebrito hacia una casi definitiva inadaptación. En la casa abundaban dos elementos: las artesanías y los libros. Parece que un día ella les hizo un comentario sobre los amores afortunados de los que conversaban sus compañeras y a ellos no se les ocurrió mejor idea que darle Romeo y Julieta de Shakespeare donde se mueren los dos, ¿le parece? Además, mi hija Nora nos contó el secreto que bajo juramento le había prometido guardar a Loló. Resulta que desde muy chiquita sintió una gran atracción por esa parte oscura del sótano que también, impresionó a mi mujer. Mientras sus padres trabajaban en el sector iluminado del taller, nuestra nietita husmeaba la oscuridad iluminándose con decenas de fósforos. Los inconcientes, seguían enfrascados en sus inventos sin percatarse del peligro. Ya mayorcita, esperaba a que sus padres no estén en el taller para bajar sola al sótano. Primero con una vela, después consiguió una linterna y con esa escasa luz iba recorriendo y limpiando el sector como si buscara algo. Fue así como encontró un abanico de seda apolillado, un corroído bastón de ébano, luego, la mitad de un plato pintado y un objeto extraño de metal con mango largo y dos tapas (mucho tiempo después nos enteraríamos que era lo que llamaban en la colonia un calienta cama). Tal fue su alegría que Loló les mostró estos objetos a sus padres. Ambos, conocedores de la historia del arte y de los materiales usados en cada época dedujeron que tales objetos tendrían más de un siglo de antigüedad. Y parece que mi hija, frente al plato gritó alborozada “Es la cerámica de Talavera de la Reina, Tincho.” ¡Qué estúpida!, siendo artesana desconocía que nuestra arcilla de la costa este es de las mejores del mundo. Para ellos los hallazgos de Loló eran un verdadero trabajo de arqueología. Como premio le entregaron la llave de la biblioteca, hasta ese momento vedada, para que leyera lo que se le antojara porque ya estaba en edad. Nos dijo Nora, que Dolores remarcaba con insistencia las palabras de sus padres en cuanto a que notara las extraordinarias ventajas de no tener televisor. ¿A usted le  parece que finalmente hubo alguna ventaja?

Débora y Martín no se conformaron con prohibirle a Loló ver televisión, tampoco tuvo computadora, aun cuando promediando el secundario ya había aprendido su utilización en la escuela y acceder a internet también la apasionaba. No podía, sin embargo, motivar su inteligencia y despertar su imaginación sino a través de la lectura. Nora, también nos contó que en varios de los encuentros con su sobrina (los que mantenía generalmente en una plaza al salir de la escuela), ella permanecía literalmente muda. Mi hija no lograba sonsacarle ninguna otra confesión por lo que suponía que estaba ocultando algo. Cuando regresaban, Loló se detenía largos minutos en las vidrieras de computación, comiéndose las uñitas hasta la raíz. En una oportunidad, consiguió que su hermana y su cuñado le permitieran llevar a Loló a la quinta que tenemos en rincón. Nora ejercía sobre ella una atracción especial: Loló le profesaba un afecto, yo diría más filial que a su propia madre. Tía y sobrina volvieron encantadas con el fin de semana que habían compartido. Ese estado de ánimo expansivo de su hija, puso a los padres en guardia, que parece que preferían verla melancólica, aislada y pálida. Entonces, los encuentros de Nora y Dolores tuvieron que hacerse clandestinos ¿puede creer? Esos dos tarados pretendían convertir a mi nieta en un ser extraño aun a ellos mismos, ellos que vivieron una extrema libertad, casi como militantes del libertinaje, tuvieron una hija para hacerla prisionera de sus dogmas. ¿Estarían también arrepentidos de su modo de vida anterior? Como tampoco le permitían usar el celular que le regalamos con mi mujer por cuestiones de seguridad, una mañana muy temprano en que yo salí a recibir el diario me encontré con una notita para Nora sin doblar, “Tía si me vas a buscar en el horario de entrada hoy me quedo toda la mañana con vos. Tengo mucho que contarte.” Una nena así teniendo que faltar a la escuela para ver a su tía. Mi hija por las mañanas tiene hospital y por las tardes consultorio, solo dispone de las siestas. Pero durante el desayuno escuché que comunicaba su falta de ese día. Esa noche cuando regresó, mi mujer y yo nos abalanzamos sobre ella, pero Nora con un aire de gran preocupación se excusó diciendo que necesitaba descansar. Claro, había jurado que respetaría el secreto. ¡Si nos lo hubiera contado antes! Pero si ella no pudo hacer nada qué hubiéramos podido hacer nosotros. El tiempo no vuelve atrás, pero igualmente yo siento la necesidad de que usted también esté enterado. Nuestra adorada nieta (es la única, porque tanto Nora como Cintia no nos hicieron abuelos, justamente fue la tarada), le relató aquella mañana gran parte de las estaciones de ese viaje que emprendería llenándonos de dolor.

Así como había encontrado aquellos objetos centenarios y, según mi hija Débora, posiblemente algunos de la colonia, halló otro que no solo para ella sino para todos fue exponencialmente más significativo. Fue un número considerable de hojas de un papel duro, amarillento y quebradizo, unidas con un hilo encerado. Después, nos enteraríamos que el papel era uno de los primeros de melaza arbórea no preservado por elementos químicos. Bueno, esto es importante para la tarada de Débora y su hijo, para Loló fue su escritura. Las hojas constituían un diario de una niña muy cercana a su edad de mediados del siglo XIX. Alguien que evidentemente vivió allí, en esa casa heredada de mis ancestros. En esas hojas a pluma y tinta china, muy borrosas, mi nieta fue descifrando el secreto de esa otra vida con la particularidad, mire usted, de que las dos niñas llevaban el mismo nombre: la única diferencia estaba en el segundo, aquella Dolores de la Pureza y la nuestra Dolores de la Libertad. Si no fuera por lo que nos ha tocado vivir, diría que cada uno de ellos representa su siglo, bue…, ya le dije, los dos sabemos lo que son las mujeres, pero el estremecimiento que sintió mi mujer y mi hija renegada gritando aquel día el próximo nombre de la criatura por nacer, me hacen pensar que tienen un sentido más que nosotros. Dolores de la Pureza, la dueña del diario, se confesaba con él. Contaba que sus padres la obligaban a participar de las tertulias semanales que organizaban en esa casa con el solo fin de que la jovencita alternara con mozos de su círculo y que llegara prontamente al matrimonio con uno de la misma casta patricia. Mire, yo le cuento como puedo porque si bien hoy el diario está en poder de Nora, ella se niega a entregarlo. Piensa que la tilinga de su hermana puede considerarlo una reliquia y negociarlo con los museos. Y quiere que ese momento de develarlo sea exclusivamente de ella, hasta ver qué pasa con Loló. El problema es que Débora también encontró una hoja desprendida de ese diario y está enardecida como un topo buscando el resto, por el tipo de papel y por lo que logró descifrar en su escritura.

Dolores de la Pureza, la niña de 1800 y tantos, confesaba en su diario que  repudiaba la vida social a la que la obligaban ¿se da cuenta de la diferencia con nuestra nieta? Para huir de ella y reconfortarse se refugiaba en el convento de Santo Domingo. Decía en esas páginas, que una de las veces se encontró con un fraile de túnica blanca, casi completamente extendido sobre el piso de la explanada contigua a las rejas de la entrada. Movía un enorme cepillo de dos asas sacándole brillo al suelo con una sustancia oleosa. Parece que ella se quedó mirándolo con pena. De pronto sonaron tres campanas que no provenían del campanario mayor. El fraile se incorporó con apuro, la vio, le preguntó qué hacía ahí y se disculpó de no atenderla porque era su hora de oración. Abandonó el cepillo y corrió resbalándose hacia el claustro. También, confiesa que le impactaron la melena y los ojos negrísimos del fraile que contrastaban con la blancura casi fantasmal de su cara y sus gruesos labios colorados. Sin embargo, a ella más que atemorizarla le atrajo raramente ese contraste. La niña tomó el cepillo y continuó con la tarea que el fraile había dejado inconclusa. Después de casi dos horas, él apareció para reiniciarla y pronto levantó a la jovencita y comprobó que de sus ojos caían lágrimas. Se quedó con una de sus manos y la condujo hasta las galerías frescas que bordeaban un amplísimo patio verde. Parece que ese día no hablaron, pero sus encuentros se repitieron mucho más. La niña cuenta que él siempre le tomaba la mano y la hacía pasear por las galerías señalándole el milagro de la vida por los brotes verde claros de agosto y por los cielos azules que el señor les brindaba. Hay mucho que no recuerdo de lo que contó Nora, pero sí que esa Dolores, anterior a la nuestra, experimentaba una paz mística cuando el Hermano Agustín le tomaba la mano. Parece que ella le confesó todo lo que deploraba de su familia y él, no la incentivaba  a su aceptación. Por el contrario, le aferraba la mano con más fuerza y se explayaba sobre los misterios celestiales tan alejados de un mundo impuro y sin penitencia, cargados de vanidades y pecados. ¿Qué diría ese fraile si viviera hoy, no le parece? Aunque esa Dolores afirme en su diario su admiración por los dichos del monje, reitera mucho más la sensación sublime pero algo culposa que le provocaba la mano de él aferrada a la suya.

¿Por qué no nos tomamos una cerveza, que ya tengo la garganta seca? ¿Será pecado para el fraile? Pero sigo, también él aceptó tenerlos y, cuando la jovencita le preguntó cuáles, le dijo que era muy goloso, que los alfajores y los chipás que vendía la Chipasera del ombú en San Francisco lo hacían caer en tentación. Aquella Dolores no entendió que se refería al pecado de la gula, por el contrario, lo sintió como los deseos casi infantiles de un joven inocente. En una de las últimas hojas resquebrajadas y amarillentas, la niña patricia contó su máxima verdad. Le dijo, que nunca más podría vivir sin que él le aferrara su mano izquierda. Se lo confesó un día en que él comía con verdadera gula un alfajor sostenido por una de sus manos ya que la otra no soltaba la de Dolores y como un niño mal educado se ensuciaba hasta las mejillas con el azúcar blanca. Él dejó de comer y soltó una lágrima que fue a mezclarse con el glasé dulcísimo pegado en su cara. La ternura que le produjo a la niña le impidió calcular sus actos. Instintivamente su boquita se acercó a la cara del fraile y sus labios sorbieron la lágrima dulce. El joven consagrado también respondió sin cálculo. Le dijo que él tampoco podía dejar de verla nunca. Fíjese, ella que no quiere que la suelte nunca y, él, que no quiere dejar de verla nunca. ¡Pobre jovencitos fatalmente enamorados! Pero, cuando el fraile logró salir de ese extraño limbo que provoca el amor, la soltó y gritó desgarrado ¡qué no podía, que estaba faltando a su señor, que era un pecador! Y corrió hacia los claustros. La niña cuenta en esas hojas que permaneció largo tiempo paralizada con un sentimiento de abandono y soledad extremos y que dejó de sentir su mano izquierda como si él se la hubiera llevado. Cuando pudo moverse regresó desconsolada a su casa, pero sin una mano. Pasó unos días sumida en un profundo infierno opuesto al cielo que vivía junto a él hasta que fue a buscarlo nuevamente. No lo encontró, por lo que ingresó al templo y se atrevió a preguntar por él a otro fraile que arreglaba el altar. Él parcamente le contestó que al hermano Agustín le habían cambiado el destino y que desconocía dónde lo habían enviado. “Le habían cambiado el destino”, eran más puñaladas que palabras en el corazón de la niña para su entendimiento destino no significaba un lugar de trasferencia sino la agresión fatal en el alma de su amado.

Dolores de la Pureza  cuenta que durante días no pudo abandonar su habitación: no sabía si en los sueños o en la vigilia escuchaba los gritos desgarradores de Agustín, para ella originados en los claustros de enfrente. Cuando la obligaron a salir y a participar de una de las habituales tertulias, escuchó los rumores que se expandían por todas las casas del sur. Hablaban de un fraile dominico del convento que se había flagelado hasta darse muerte. Los contertulios comentaban que uno de los principios fundamentales de los dominicos eran la pureza y la penitencia. Esa congregación sostenía el valor supremo de la castidad y ante cualquier tentación, sus integrantes debían someterse a grandes penitencias, entre otras la flagelación. Muy chismosos deducían que el fraile habría cometido un pecado de impureza, por eso llegó a ese extremo, si eso hubiera ocurrido hoy los periodistas del diario lo hubieran investigado y publicado.  La niña del diario dice en esas páginas que no quiso escuchar más y ella también, se sintió morir. Las últimas líneas expresaban que nunca más volvería a escribir y que esa misma noche iba a escapar para encerrarse en cualquier convento de clausura y a flagelarse como él, porque ella era la causa de su pecado. También aclaraba que dejaría escondido el diario entre los vericuetos de la bodega para que no sea alcanzado por su generación pero sí para que la posteridad juzgara las aberraciones de su época. Mire, no sé si lo decía así, pero esto es lo que significaba según me contó Nora. Este diario fue el principio de la desgracia. A pesar de que mi hija no abandonaba a Loló y trataba de cambiar la concepción que tuvo del amor, la nena se intoxicaba con lecturas que avivaban más aun su perspectiva. Le contaba a Nora que ella no elegía voluntariamente lo que leía. Cuando abría la biblioteca, sentía que otra mano conducía su derecha (también ella iba perdiendo sensibilidad en la izquierda) hacia libros a los que ni siquiera les había leído el lomo. Fue así como devoró todas las historias de amores trágicos que no sé por qué coleccionaban nuestros desquiciados hijos. Abelardo y Eloisa, Tristán e Isolda, los amantes de Terhuel, Camila y Ladislao, qué sé yo, no recuerdo. Y novelas como María o el Werther de Goethe, bueno, todas historias donde uno o los dos amantes terminaban muertos. Cuenta Nora, que con mucha paciencia ella trataba de persuadirla de que leyera novelitas románticas con final feliz y le compraba los best seller de ese estilo. Loló siempre le respondía lo mismo: que ella no tenía la culpa, que alguien le movía la mano y le inclinaba la cabeza para no poder dejar de leer. De todo esto nos enteramos cuando ya fue tarde.

Todo lo que le conté lo supimos por Nora, encargada de su adorada sobrina con el obstáculo y los impedimentos que oponían sus padres. Cintia permanecía al margen, enfrascada en sus estudios, cansada de nuestras obsesiones y con esa indiferencia que a ella también la aislaba del mundo. Yo fui un cobarde: nunca iba a la casa, veía a la nena por casualidad y no era capaz de pegar cuatro gritos para defenderla frente a lo que sabía. Quizás hubiera necesitado tener más contacto con usted para atrevernos juntos con nuestros dislocados hijos. En la escuela, el aislamiento era cada vez mayor y una vez que Loló pareció romperlo por los esfuerzos de Nora, fue peor. Usted sabe lo bella que es nuestra nieta. Heredó lo más hermoso de cada una de las familias: los rasgos finísimos de mi mujer y los ojos de ustedes. Cuando ese día se atrevió a acercarse a sus compañeritas que conversaban acerca de los héroes y heroínas o de los amantes de esos culebrones televisivos, ella quiso intervenir y les pidió que le contaran quien era uno y otro personaje. Creo haberle dicho ya, que el aislamiento de Loló y sus constantes lecturas en los rincones del patio durante los recreos, parecían ser tomados por las otras chicas como un acto de superioridad y desprecio. Entonces, sus preguntas les sonaron a burla. No podían imaginar que Loló jamás había visto una novela televisiva. Por eso, el impacto y la reacción fueron fatales: dos la tiraron de los brazos y una le abofeteó la cara hasta desfigurarla. Ahí sí que no aguanté más. Yo mismo hice las denuncias y me enfrenté a los directivos. La respuesta de la psicopedagoga fue la que más me convenció aunque resultara trágicamente asombrosa. Todo radicaba en su aislamiento, su inteligencia y su belleza, porque las agresoras no dejaban de gritar que era demasiado linda y una “nerd”. Se da cuenta que la castigaron por ser estudiosa e involuntariamente bella… yo no entiendo nada de la violencia de este mundo. Lo que sí sé es que mi hija y su hijo fueron la raíz de la desgracia. Hay noches que pienso que no fueron la única raíz, todos tuvimos que ver y aún hay más, pero eso lo dejo para los especialistas.

Cuando ocurrió aquel aborrecible crimen en manos de esas tres chinitas cargadas de violencia y envidia era avanzado octubre y las marcas de la golpiza se diluyeron al comenzar diciembre. Las agresoras fueron sancionadas y Loló aprobó ese año sin rodeos por su extraordinaria aplicación a pesar de haber faltado dos meses. Pero esto es lo de menos, Loló había recuperado su carita de la que se habían borrados las siniestras heridas, pero su almita, su espíritu o qué se yo, mire, como se llame, quedaron marcados para siempre. No, no… no quiero decir la palabra siempre. Quiero creer en que hay heridas que aunque tarden, desaparecen. En la navidad, nosotros nos impusimos y obligamos a que Débora, Martín y Loló pasaran las fiestas en nuestra casa. Casi con bronca, mi mujer, mis dos hijas y yo, armamos toda una exagerada ornamentación alusiva a la fecha y cumplimos con el ritual paso a paso, como nunca. Cuando llegó la hora de abrir los regalos, mi mujer y yo tomamos de la mano a Loló y la condujimos hasta la gran caja de celofán y moño rojo que era nuestro atrevido presente de navidad, inmenso. El vendedor nos dijo que era demasiado grande y que podía deformar las imágenes, las imágenes y otras cosas, me dije yo, pero en este caso lo sentía como un antídoto. La nena desató el moño lentamente, con respeto, pero sin entusiasmo, luego quitó con la misma lentitud el celofán hasta que apareció la pantalla de un enorme televisor nuevo. Algo que pareció quemarle las manos la empujó hacia atrás. Luego nos miró uno por uno, pero especialmente a mí a mi mujer y con los ojos fijos gritó “¡No! ¡Es mentira! ¡Todo lo que se ve acá es mentira!”, insistía con la cara bañada en lágrimas. Después, buscó el centro del salón donde estábamos todos y sentenció con el índice hacia el techo “El amor siempre duele…”, después varió su gesto riguroso y enternecida, casi sonriente, dijo “… pero con lágrimas dulces” Nos dio la espalda y caminó hacia la puerta de entrada. Allí se volvió hacia nosotros, nos miró con los mismos ojos fijos y completó su sentencia “… pero siempre mata.” A mí sí, esas palabras van a taladrarme para siempre, las escucho una y otra vez: “El amor duele con lágrimas dulces, pero siempre mata.” Todos estábamos inmóviles y cuando atravesó la puerta corrimos hacia el jardín mientras ella se perdía en la noche llamando con desesperación a Agustín (se da cuenta, Fray Agustín, el que se flageló hasta la muerte por amor a la otra Dolores). Bueno, no sé que le estoy contando si ustedes también estaban ahí y sufrieron tanto como nosotros el delirio de esa criatura y su pasaje de Dolores de la Libertad hacia Dolores de la Pureza. Pero la vamos a esperar, ya va a volver. Dígame que usted también cree lo mismo.

FIN

 

Carmen Úbeda