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«Me pregunté cuántos días llevaba sin dormir. El primer día en que no había podido conciliar el sueño había sido un martes, dos semanas atrás. Es decir que hacía diecisiete días justos. Eran diecisiete días y diecisiete noches. Un tiempo muy largo. Ya casi no recordaba en qué consistía dormir.» La protagonista de esta historia cuenta en primera persona que lleva diecisiete días y diecisiete noches sin dormir. Ni siquiera siente sopor. Su mente se mantiene muy clara, incluso más despejada que de costumbre. Tiene apetito, su cuerpo funciona bien y no nota ningún cansancio. Pero ni su marido ni su hijo se dan cuenta de lo que pasa y ella no les cuenta nada para que no la obliguen a ir a un hospital. Durante el día finge normalidad, y dedica las noches, mientras ellos duermen plácidamente, a leer con voracidad o a dar vueltas en el coche por la ciudad sin rumbo fijo. No encuentra sentido a lo que le pasa, ni explicación a las sombras que en algún momento empiezan a rodearla.