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CU – Es de rigor preguntarte cómo llegaste a esta profesión teniendo en cuenta que sos graduado en derecho. ¿Me equivoco si digo que es bastante habitual el pasaje de alumnos de la UNL a LT10? (¿La radio tiene alguna atracción especial?) Y aunque en este siglo parezca una antigüedad, ¿qué lugar ocupó la vocación?

CCH – No hay mucha gente que integre LT10 que haya pasado de las facultades a la radio. En realidad, nosotros (los de mi generación) hacíamos el programa de la F.U.L y de ese grupo quedamos dos o tres dando vueltas. Yo cortejé con la radio y con la carrera algunos años, la radio era “hobbie” y no entraba en mi cabeza dedicarme a otra cosa que no sea la abogacía. Después entendí que la radio era lo que realmente me gustaba hacer. No fue sencillo, pero me ganó la pasión. Y sí, era vocacional.

CU – Como tengo unos años más, sí recuerdo que fue bastante común ese pasaje al que aludí desde los orígenes de la radio, aunque he olvidado los nombres y es cierto que como graduados, creo que ustedes son los únicos. Bueno, ¿tenés algún modelo o referencia que te inspire en la carrera? ¿Locales, nacionales, otros?

CCH – A los 10 años, soñaba con ser Ricardo Porta; a los 17, Pergolini; a los 20, Aliverti o Lanata… creo que uno va buscando espejos hasta que un día te encontrás con vos mismo. No tengo muy claro cuándo fue, pero un día dejé de imitar y me conformé con lo que iba haciendo (o siendo). Después hay una larga lista en el país, en el mundo y en la historia: Arlt, Tomás Eloy Martínez, el periodismo canalla de Tom Wolfe, la ironía de Buenafuente, el compromiso de Oriana Fallaci.

06_resultCU – ¿Cuál es, si querés confesarlo, la mayor crítica que hacés de tu propia práctica?

CCH – Uff ¿una sola? Hace poco me puse a escuchar algunas editoriales mías de los comienzos de los 2000 y ¡me quería morir de vergüenza!, me critico la limitada formación y como resultado de eso, la ligereza de algunas conclusiones. Con los años, fui descubriendo que no es necesario exponerse tanto ni lastimar tanto a quien se critica. Y sobre todo, a valorar el peso de las palabras y a comprender mi ignorancia que se vuelve más infinita cuanto más lees, ¿no? Y suelo perder la línea. Contra eso peleo y no siempre gano.

CU – Doy fe de que tus enconos a veces te hacen perder la línea, pero no coincido con que alguna vez apareciste como ignorante. Entonces, ¿cómo evalúas “Saturdidos”, tu nueva experiencia radial? Evito deliberadamente esgrimir mi propio juicio para no coartarte la libertad.

CCH – ¡Pero me interesa mucho tu juicio! Igualmente, “Saturdidos” es exactamente lo contrario a la presión que te genera la mirada del otro. Volví a LT10 después de tres años y de una salida incómoda. Y no quería hacer un programa periodístico. Necesitaba volver y sentirme cómodo, evitar pesos emocionales negativos. Por eso elegí hacer algo “livianito”, algo como un recreo donde jugar y descansar de la coyuntura. “Saturdidos” es un programa adolescente y no tengo muy claro si vamos a alcanzar la adultez radial alguna vez. Espero que sí.

CU – Apuesto que sí. Luego, ¿qué anécdotas dramáticas y/o risueñas recordás en el ejercicio de esta profesión?

CCH – Entre graciosas y dramáticas, muchas. En general son equivocaciones al aire, por ejemplo preguntarle a un ex jugador de fútbol, “¿qué es de la vida de tu hermano?” Y enterarme en la respuesta lo que todos ya sabían desde hacía años: ¡que el hermano se había muerto!, debo tener decenas de papelones de ese tipo. ¡Para eso soy un especialista! Dramáticas también tengo varias, pero no creo que nada pueda compararse con las primeras 72 horas de la inundación del 2003. Hay algunas páginas de un libro tuyo que lo refleja. Aquello fue para nosotros una única noche muy larga. Con gente agolpándose en la puerta, preguntándose por sus familiares, llamados desesperados de vecinos que se ahogaban y pedían ayuda, en fin… fue crecer de golpe. No había Estado y los que estábamos al aire sentimos que nuestras decisiones podían salvar vidas.

CU – Me quedo con la extraordinaria tarea que desempeñaron vos y tus compañeros, toda la radio, para salvar vidas. La comunicación puede matar o salvar ¿no?, pero volvamos al presente: en tiempos algo tormentosos de la vida republicana, creo que el periodismo tampoco se sustrae de cierta crisis. Me refiero a su rol en la sociedad, a su praxis y, por qué no, a posibles malas praxis. ¿Cuál es tu opinión acerca de lo que afirmo?

05_resultCCH – Sí, definitivamente. Y creo que pasa por su peor crisis de credibilidad. Por un lado, uno puede rescatar que, de este proceso, el periodismo saldrá -a la larga- fortalecido: los que sobrevivan, lo harán porque la gente confiará en ellos. Pero por otro lado, creo que hemos llevado a la profesión a terrenos miserables. Ocultar o justificar un crimen es ser cómplice del mismo. Y no hay interés superior que lo justifique.

CU – Absolutamente de acuerdo, entonces, ¿cuál es, según tu perspectiva, el Deber Ser en el ejercicio periodístico? No importa si siempre podés alcanzarlo.

CCH – El periodismo es un recorte subjetivo de la realidad, pero si no hay que explicar la palabra honestidad, cualquier recorte es válido. Si un periodista es honesto, reconoce enseguida cuál es el límite del recorte. Yo puedo pensar distinto que vos sobre la cuestión Palestina, sólo por dar un ejemplo, pero no puedo aceptar bajo ningún punto de vista que reivindiques el crimen. Ese es, al menos para mí, el “Deber ser”. Y eso no se consigue fácilmente.

CU – Teniendo en cuenta que la opinión pública es el resultado, según la sociología (específicamente Habermas), de tres factores en permanente movimiento: la propia biografía, las creencias preexistentes al ciudadano y los efectos de la cultura industrial, ¿es tanta la influencia o ingerencia de los medios en la vida cotidiana de los ciudadanos, en sus elecciones, decisiones y conductas?

CCH – Creo que vivimos un proceso tan acelerado, de tanta sobreinformación y paradójicamente tan fragmentado, que la influencia del “medio tradicional” en el “sujeto” es cada día menor. Hoy un buscador de internet te iguala al N.Y.Times con un Blog de “garaje”, el lector informado, el televidente, incluso el oyente de radio, elige cuándo y qué escuchar. You Tube, los podcasts radiales y las páginas informativas democratizaron mucho la información. Los grandes medios ya no definen indefectiblemente la agenda. Esto se notó claramente a partir del 11M cuando estallaron los trenes en Madrid. Allí se filtró la verdad en la muralla de los “medios hegemónicos”.

CU – Entonces, excluyendo las redes sociales, ¿en qué benefician y en qué perjudican los medios tradicionales al receptor?

CCH – La sobreinformación desinforma, eso no lo descubro yo. Respecto de los medios en sí, no creo que perjudiquen si ocupan un lugar equilibrado en la vida cotidiana. No son malos ni buenos ‘per se’. Son herramientas de la modernidad que, según sean utilizados, pueden hacer daño o beneficiarnos.

03_resultCU – Acepto que es esencial el control del hombre sobre lo medios, pero sigo adhiriendo a Mc Luhan y su concepto de impostura tecnológica que le vuelve difícil al hombre sustraerse de ella. Vayamos a otros aspectos: hoy ya es un lugar común decir que se confunde libertad de expresión con libertad de empresa. ¿Alguna vez fuiste censurado o al menos presionado?

CCH – ¿Existirá alguien que no fue sujeto de presión por parte del medio para el que trabaja? Fui presionado, condicionado o sancionado por decir, eso es corriente. Iré más allá: soy director de un diario digital (a partir de agosto de un semanario gráfico) y responsable periodístico de un programa de TV y muchas veces ocupé el odioso lugar del tipo que decide qué se publica y qué no. La conclusión es tan cruel como práctica: si vivís de esto, si sos asalariado, si la comida de tu casa depende de lo que te lleves a fin de mes, las presiones de los “anunciantes” y los “patrones” son sapos constantes. En mi caso, aprendí a aceptar la línea editorial del medio y acepto “sobre qué no hablar”, pero nunca hablar sobre lo que no quiero hablar. Ahí, siempre, prefiero el silencio.

CU – Desgraciadamente, no hay nada que se parezca más al silencio que la censura, pero, creo que sorteás con mucha dignidad las presiones que sufrís. Por otra parte, la nueva ley de medios fue por más de 30 años no sólo un anhelo sino un trabajo de cientos de comunicadores argentinos, empeñando largas horas de nuestro tiempo (encuentros periódicos, redacción de proyectos, etc, etc… En el ’85 habían presentados en el Congreso más de 25 proyectos de ley, bueno, conocerás la historia.) Entonces, ¿cuál es, según tu criterio, la sanción actual de acuerdo con el contexto en la que surge y su reglamentación?

CCH – ¡Y me incluyo también! Pero sinceramente creo que fuimos rehenes de un par de corporaciones con intereses encontrados y finalmente estafados. Creo que el gobierno actuó con deshonestidad en las razones por las que empujó la sanción de la ley. Sólo fue la necesidad de ‘reventarlo’ a Clarín. No hubo, ni hay un deseo de desconcentrar a los grupos monopólicos ni nada de lo que nosotros venimos reclamando desde el comienzo de la democracia. Al contrario: lo que vimos fue una acumulación de medios que hizo el gobierno a través de sus amigos, como Cristóbal López o la selectiva decisión de a quiénes se les exige y a quiénes no la desinversión, violando ellos mismos el espíritu de la ley. Yo celebré la sanción, pero a cuatro años, hoy me arrepiento.

CU – Entonces, ¿qué significación le das al llamado periodismo militante?

CCH – Habida cuenta de quiénes se autopostulan como referentes del “Periodismo Militante”, ¿no es un insulto a la militancia y al periodismo? Mirá: yo no oculto mis simpatías políticas o ideológicas, nunca lo hice. Y creo que, como ciudadanos que somos, todos tenemos una manera de mirar la cosa pública. De ahí a convertirte en “perseguidor” en nombre de los “nobles ideales del Modelo”, hay una distancia enorme. La categoría del barrabrava que descalifica al que piensa diferente está más cerca de una fuerza de choque que de un militante. Y no me parece que tenga nada que ver con el periodismo.

CU – Es cierto, porminúsculas disidencias, te enfrentan, aunque no lo quieras. Estas conversaciones que me solicita la revista están abiertas a todos los referentes periodísticos de la ciudad, pero varios se han negado a mantenerlas, aún cuando me ‘endulcen’ reafirmando su respeto a mí persona. Ese es el problema. Entonces, a pesar de que me resulte extremadamente chocante la práctica de hacer periodismo de periodistas, en general, ¿cuál es tu opinión sobre el periodismo actual?

09_resultCCH – ¿Cómo salimos de esta lógica instalada por los “periodistas militantes”? Yo todavía creo en el periodismo, reconozco su naturaleza subjetiva, lo entiendo como un factor de poder, aunque en retroceso, pero ¿es posible escaparse de esta batalla a la hora de calificarlo? Se quebró el valor de la palabra. Demandará mucho tiempo remediarlo.

CU – Finalmente, si se considera que el periodista posee un olfato especial y teniendo en cuenta tus largos años de práctica a pesar de la juventud, ¿te animarías a trazar un perfil, según tu percepción, de lo que somos en general los argentinos? ¿Y los santafesinos?

CCH – ¿Algo más sencillo no se te ocurre? No sé si estoy en condiciones de establecer un perfil argentino, pero se me ocurre y escribí esto hace unos días después de leer cómo le echaban culpas a Messi: que los argentinos necesitamos de mesías y próceres que vengan a llevarnos de la mano o upa a la solución de nuestros problemas. Tenemos predilección por el pensamiento mágico. Necesitamos Maradonas y Evitas para que nos salven, como si nosotros no formáramos parte de la solución. Somos una sociedad negada a lo colectivo. Y en cuanto a los santafesinos: iguales que los argentinos, ¡pero un poco más conservadores!

CU – Gracias. Me llevo esa pasión que no abandonaste por la distancia, la honestidad en la profesión que parece ser tu bandera y el empeño por seguir buscando.

 

CRÉDITOS: Carmen Úbeda

FOTOS: Pablo Aguirre