La calle, la vereda poblada, risas, perfume. La música logra llegar a los oídos que aguardan entrar y alimenta el entusiasmo. Traspasar la puerta es, como en el país de Alicia que atraviesa el espejo, ingresar a un mundo que se ilumina en medio de la noche. Y, entonces, la magia despierta las miradas y los sentidos, los roces y el entusiasmo, y la diversidad celebra la fiesta que la hace, definitivamente, orgullosa y visible, iluminada y asombrosa.

Las luchas, cuando son internas, suelen padecerse en silencio y las habita, a veces, la tristeza. Pero al volverse colectivas no solo ayudan a sobrellevar la urgencia sino que encuentran espacios de participación, que restan dramatismo y multiplican la fuerza para alcanzar las metas propuestas. El proceso de transformación que caminó de lo íntimo a lo público en el cuerpo, la mente y las emociones de Estefanía, la llevaron no solo a reconocerse sino a proponer un modo de que otres también pudieran hallar un territorio de encuentro en la diversidad y de que lo hiciesen, dato no menor, con alegría. “Nadie de mi familia sabía, en ese momento, nada sobre mi inclinación sexual. Cumplía años y organicé una mega fiesta de disfraces en la casa de mi mamá. Había gays, lesbianas, heterosexuales. Fue una celebración que nadie olvidó. Mi hermana se había enamorado de un Faraón que partía la tierra, obviamente, no se había dado cuenta de que el chico era gay…” Ríe al recordar el momento y hace subir y bajar unas pestañas enormes y brillan las purpurinas sobre las mejillas, restos de una producción de fotos para anticipar los 8 años de una fiesta cuya semilla, seguramente, se plantó en aquel cumpleaños memorable.

“Cada vez que me encontraba con alguien que había ido a ese cumpleaños me decía que repitiera la fiesta. Una mañana me desperté y apareció con claridad la idea de hacerla. Era 2011 y sabía lo que quería. Surgió así el sello que se mantuvo durante todo este tiempo: dos pistas, sorpresas y números artísticos y mi voz, en algún momento de la noche, micrófono en mano, para agradecer o estimular.” La primera MAMMA MÍA! revolucionó la ciudad en octubre. Contra todo pronóstico desalentador, Estefanía se transformó en empresaria de la noche, siendo la primera y única mujer en Santa Fe en empezar a construir un producto llamado a crecer en la región. “Hicimos desalojar un depósito del boliche para montar la segunda pista. Nadie me creía cuando decía que iba a llenar el espacio. Metimos más de 600 personas, cuando el lugar original estaba pensado para no más de 400. Vinieron de Rosario, Paraná, Rafaela, Esperanza, Córdoba, Crespo, Sunchales, San Carlos, Coronda, entre otras. La cola daba vuelta las esquinas. Hubo gente que no pudo entrar”.

Como nadie puede con certeza predecir el porvenir, no se supo que ese fue solo el comienzo. Si algo distingue a Estefanía es la tenacidad con la que trabaja para volver realidad sus inspiraciones. Tiene una mente que no descansa, que analiza posibilidades, busca soluciones y salidas originales, y un corazón que hace de la empatía su don más preciado: “yo sabía cuánto me había costado poder asumir mi sexualidad y, por lo tanto, sabía cómo tratar a quienes empezaron a ir a la fiesta. Muchos no querían exponerse y siempre la MAMMA fue una fiesta para celebrar y contener. A mí me encantan los bares, tomar tragos y quería que las barras fueran con precios accesibles, para que nadie quedara sin disfrutar. Hasta he regalado entradas para que alguien que no tenia plata en ese momento pudiera entrar y divertirse”. La fiesta creció porque a esos sellos personales que le marcaron la identidad se le sumó la constancia. “Atravesamos todas las crisis. Hubo ediciones con ganancia, otras en las que salimos derecho y alguna que otra donde fuimos a pérdida. Pero jamás bajamos la calidad. Contratamos DJ, artistas, bailarines, cantantes, transformistas, incluimos tecnología, pantallas, escenarios, ambientamos cada fiesta, hicimos regalos, descuentos, y nos convertimos, también, en fuente de trabajo para muchísima gente, proveedores, tarjeteros, técnicos…”

El tiempo pasó y el desafío fue creciendo. MAMMA MÍA! se volvió marca registrada y trascendió la geografía santafesina. Después de muchos años de alquilar boliches y espacios, surgió la posibilidad de contar con uno propio. Paraná ofreció las condiciones más favorables para invertir y, allí, se asentó no sin pocas dificultades. Estefanía asegura que “la noche es machirula, está manejada por hombres y se ponen muchas trabas cuando una mujer joven intenta y logra imponerse en el mercado. Deconstruir eso es difícil pero lo estamos logrando. Trabajamos con grupos que han sido discriminados históricamente y les damos la oportunidad de disfrutar y visibilizarse. Ahora quiero incorporar a chicas y chicos trans a la organización y las barras, para darles la posibilidad de que se sientan protagonistas y dignos. También, tentar a negocios para implementar una tarjeta con beneficios en locales a los que puedan acceder quienes concurran a la fiesta. Queremos dar más y más y más…”

Una torta y una vela para soplar y cumplir deseos son dos símbolos de una lucha conquistada. Hay que ser parte de la diversidad sexual, que durante tanto tiempo ha estado relegada de los beneficios de la heteronormatividad, para saberlo. Estefanía Frutos Cocuccio es una mujer que, desde una infancia dotada ya de mirada crítica y una adolescencia que supo sobrevolar los prejuicios, se construyó con la valentía de cumplir sueños sin que estorbaran los obstáculos. En ese afán, supo que su historia se veía repetida en muchísima gente que necesitaba encontrarse para reconocerse, y que esos encuentros merecían ser celebrados. Con letras pop y en una alusión icónica a la música de los despertares, la MAMMA MÍA! cumple 8 años y se prepara para celebrarlo como corresponde: tirando la casa por la ventana y con las puertas del closet definitivamente abiertas.

 

Texto: Fernando Marchi Schmidt

Fotos: Pablo Aguirre

Estilismo: Mariana Gerosa

Locación: VIP Estilo Propio

Agradecimientos: Mario Barrionuevo de Kéik Pastelería

Nombre de sección: Perfiles y personajes

Edición: N° 74

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