Alfredo nos recibe en su escribanía, en pleno centro santafesino. Su camisa y su pantalón de vestir componen una estampa acorde con los ordenados estantes de libros y biblioratos. Se apura a aclarar que a quien encontramos allí, tras el escritorio, no es a él o, por lo menos, a su verdadero yo. “Para encontrarme en mi esencia, tendrías que verme en ojotas en Rincón, esto es un disfraz que tengo de lunes a viernes”.

TS —¿Cómo has conjugado el tiempo dedicado a tu trabajo acá con el tiempo dedicado a la escritura?

ADB —Son dos cosas incompatibles. Lo difícil no es que se roben tiempo entre sí, sino que es una especie de esquizofrenia. Acá es todo formal, riguroso, cuadriculado y en la literatura está todo lleno de arabescos (toma la imagen de una vieja viñeta de Quino). Acá cumplo una función, pero cuando me dedico a lo cultural soy yo plenamente, esto no es más que un disfraz.

‘Lo cultural’, para él, no es solo aquello relacionado a su faceta de escritor. Hace 20 años, junto a un grupo de amigos, fundaron la Asociación Cultural El Puente. “Arrancamos con una peña para que, los enormes músicos que hay en Santa Fe, pudieran expresarse y encontrarse con el público que quería conocer algo fuera del circuito comercial. Hoy la perspectiva se amplió de esa peña mensual a un centro cultural multidisciplinario que se sostiene por dos cosas: primero, por la terquedad de sus integrantes y, segundo, porque es un microclima humano sin afán personal, se labura para generarle un espacio al otro”.

La realidad y la ficción, o viceversa

Si bien su género predilecto es el cuento, Alfredo también se destaca como cronista. Entrelaza la realidad y la ficción, a la vez que suele reflexionar sobre lo difuso que puede ser el límite entre una y otra.

TS —En una crónica decís que la realidad es un entramado de todas las ficciones que contamos a los demás y nos contamos a nosotros mismos. ¿Cómo manejamos eso para no mentirnos demasiado?

ADB —Toda nuestra percepción de la realidad se plasma en un relato que nos hacemos. ¿Cómo zafar de eso? Imposible. Lo más sano sería construir un relato que no sea autocomplaciente. Ser consciente que cuando te digo “esto es así”, te estoy diciendo “para mí, esto es así” y abrirse a la posibilidad de estar equivocado o que existan otras interpretaciones. Inevitablemente, te convierte en un tipo relativo. Pero si uno monolíticamente va diciendo “esto es así y de acá no me sacan”, para qué vamos a hablar. En definitiva, tal vez uno escribe para tratar de ver hasta qué punto es verosímil ese propio relato.

TS —¿Cómo es el encuentro con tus lectores? ¿Los esperás o salís a buscarlos?

ADB —Siempre consideré que en nuestra sociedad y en nuestra época no alcanza con que el artista haga arte. (Oscar) Cacho Agú tiene un poema donde dice que si no existen los espacios hay que crearlos. Me parece una ridiculez escribir y cruzarme de brazos a esperar que vengan los lectores. No, hay que salir a buscarlos. Hoy tenés la posibilidad: por internet o yendo a las lecturas públicas. Por ejemplo, a mí hacer monólogos en los Slam de Poesía Oral me permitió llegar a otros públicos.

TS —Ese público en particular está compuesto de jóvenes. ¿Cómo evaluás la renovación generacional? ¿Qué rupturas y qué continuidades percibís?

ADB —Hay más rupturas que continuidades en lo estilístico. Creo que tiene que ver con el acceso a la publicación. Por supuesto que no me refiero al libro, que sigue siendo tan difícil como antes, sino a que existen alternativas que hace 20 años no estaban, como las pequeñas editoriales artesanales o los medios digitales. Hoy cualquier pibe con un celular o una computadora escribe algo y con un click hace que, potencialmente, le llegue a miles de personas. Eso está buenísimo, pero también juega en contra. Porque la inmediatez quita tiempo de maduración a los textos. El libro implica otros tiempos para modificar, revisar, corregir. Hoy se escribe y se dispara.

TS —¿Y qué se mantiene en las nuevas generaciones?

ADB —Lo que se mantiene es la necesidad de expresarnos a través de la palabra y que eso llegue a alguien.

TS —¿Vos tenés esa necesidad de reconocimiento como escritor?

ADB —Creo que siempre se escribe en función de que otro te va a leer. Descreo de aquellos que dicen que no les interesan los lectores. Y no hablo de buscar un triunfo editorial, hablo de que, aunque sea, te lea una sola persona. El artista siempre está imperiosamente necesitado del reconocimiento de los otros, pero no hablo de un ego intelectual, lo considero un ego afectivo. Es como un niño que busca aprobación y mantiene eso a lo largo de la vida. Nunca dirá “ya está”, por más que su último libro, película o exposición haya triunfado. Siempre se va por más. Todo el arte es un intento de derrotar a la nada y yo escribo porque quiero que aunque sea una línea me sobreviva.

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