Nuestra naturaleza podrá ser salvaje, impredecible, incontrolable, errática… Todo eso. Y muchas cosas más que no le gustan a la civilización. Tan cambiante e indefinible como lo es el misterio del que está conformado todo lo que existe.

¿Y qué hay con eso? Aceptémoslo de una vez. Aceptemos que tenemos miedo a dejar salir todo lo que está debajo de nuestros valores y de nuestra buena domesticación.

Quiero decir, de nuestra buena educación.

Pánico tenemos a volver a experimentar nuestra verdadera naturaleza. Naturaleza que olvidamos hace mucho tiempo, cuando nos empezamos a contar la historia de que el ser humano viene con pecado original, o en el momento en que creímos que «el hombre
es un lobo para el hombre», o cuando pensamos que el único camino que nos quedaría sin el control sería la perversión.

Y es que la cosa es al revés. Le vendimos tanto nuestra alma a los valores y a la buena educación, que nos olvidamos completamente de quiénes éramos.

Aprendimos a sentirnos culpables y a culpar. Aprendimos a vengarnos. Nos comimos el cuento para niños que relata que el mundo va a florecer cuando los malos paguen, cuando los malos ya no estén entre nosotros.

Y es que no hay salida ahí. No hay salida en la moral. No hay salida cuando nos creemos buenas personas. El manipulador, el ladrón, el abusador, el violador, el asesino, el político mitómano, el empresario de esa gran multinacional que congeló su corazón ante las guerras y la miseria del mundo. Todo esto también está dentro nuestro, por más que no lo hayamos llevado a cabo.

Porque «somos Uno y todo está interconectado». ¡Miremos la sombra también! Así, como cuando vemos una película y nos dejamos llevar. Y todo lo que transcurre ahí nos toca.

Podríamos ser el «bueno», podríamos ser el «malo». Podríamos estar enredados en una de esas intrincadas historias «no comerciales», en las que ni siquiera se distingue qué rol ocupa cada personaje.
La trama humana. Todos podríamos convertirnos en victimarios. Porque todo gran victimario primero se sintió una gran víctima, la peor víctima de todas. Y creyó que era demasiado lo que sentía, demasiado para digerir. Un día reaccionó excesivamente, lo condenaron con todo el peso de la moral y volvió a reaccionar. Y volvió a reaccionar.

Así que… ¿Cómo quisieras ser tratado en caso de pasar a comportarte como un verdugo,
en caso de que un día se te vaya la mano y pases a estar «del otro lado»?

¿Qué te haría salir del círculo vicioso de la culpa? ¿Qué detendría tus reacciones? ¿Cientos o miles de seres humanos mirándote como un monstruo sobre la Tierra? O, simplemente, un corazón humano que se acerque en la intimidad y te diga:

“Lo siento mucho. Vas a tener que reparar de algún modo lo que hiciste. Es tu obligación
ante las leyes de esta sociedad. Pero no me creo mis juicios acerca de vos. Te comprendo desde lo más profundo de mi humanidad. Porque también podría llegar a creer que el sufrimiento es más grande que el amor, o que no hay salida o que todo está perdido.”

También podría pasar a estar duro como una piedra y empezar a asesinar-me.

Veo todo eso en mí. Y observo que si te condeno, me condeno. Y observo que si te incluyo, me incluyo. Y observo que, cuando dejo de reaccionar, vos también estás dejando de hacerlo.

 

Texto: Ignacio Asención

Nombre de sección: Psicología

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.