Es el último bar en su estilo. Inaugurado hace 103 años conserva es su interior buena parte de la historia santafesina.

Beatriz Sarlo no dudó. Apenas soltó la puerta vaivén de madera, vidrio y bronce, pudo imaginar a su amigo Juan José Saer, escribiendo a mano el inicio de Cicatrices: “Hay esa porquería de luz de junio, mala, entrando por la vidriera. Estoy inclinado sobre la mesa, haciendo deslizar el taco, listo para tirar”. Sarlo observa el salón y recuerda cada palabra con la que el escritor narró con maestría un partido de billar, que se disputa sobre una de las 5 mesas ubicadas en el café que visita esa noche de mayo de 2017 —48 años después de publicada la novela— como cierre del Coloquio Internacional Juan José Saer.

Del otro lado de la barra, Amelia la observa incrédula. Esa intelectual tan brillante, que tanto admira, está en su boliche: “En ese momento yo pensé, ya está. Ahora puedo cerrar el café tranquila. Creo que ella se dio cuenta de mi emoción. Me regaló un libro y me lo autografió. Me dijo que dos veces quiso venir, muchos años atrás, y las dos veces estaba cerrado. Me contó que Saer venía a escribir acá, yo la verdad que no me acuerdo”, dice con franqueza Amelia Higa (Chiquita, para los clientes), la propietaria del Tokio Norte, un café emblemático, que lleva 103 años de historia.

 

Inventario

El visitante curioso pretende que Amelia haga una especie de inventario de cada una de las reliquias que se encuentran entre el piso de damero y el techo inalcanzable del salón. Sobre tres estantes de madera descansan las jarras donde, décadas atrás, servían un brebaje que Chiquita rescata del olvido: “Hace añares se tomaba mucho una bebida refrescante de nombre Mazagrán”, cuenta y detalla: “Llevaba café frío con hielo, agua, limón y unas gotitas de Cubana Sello Verde”.

Sobre las paredes que se enfrentan a la distancia, espejos enormes son el mejor ejemplo de otra argentina: “Ese espejo de ahí demuestra que antes no había inflación. Sino cómo se explica semejante propaganda, con el precio”, dice Chiquita en referencia a un anuncio grabado que garantiza el monto (35 centavos) de los cigarrillos American Club.

“De todos los años que estoy al frente del bar, jamás compré una taza de café con leche: mi papá tenía la costumbre de comprar cantidades industriales”. En cuanto a los tacos de billar, son los mismos que se usan desde el 1900. Las mesas de juego que describió Saer —suelen ser cómodas camas King Size para Pampita y Neco, los gatos del salón— requieren de un cuidado especial, dispensado por una empresa de Rosario.

 

Ilustres y desconocidos

Hay clientes que dejaron su huella en el boliche y Amelia los quiere recordar: “Anotá”, dice y silabea: “Me-di-ci. Don Armando Medici. Fue cliente durante más de 70 años. Siempre me decía que tenía grabado el ruido que hacía mi papá al secar los platitos y acomodarlos. Y de las bandejas repletas que podía cargar mi tío. Cuando falleció sentí que yo había perdido algo. Con quién iba a conversar de las cosas pasadas, él conocía todo de este boliche. Era el primero que llegaba e incluso, si yo tenía que salir, se ofrecía para cuidar el boliche”.

El café tiene una clientela fija “que son los que me salvan, querido”, reconoce Amelia y señala con una precisión casi sociológica el otro grupo de clientes que pasan por sus mesas: “Yo te digo qué jóvenes vienen acá: los que estudian cine, arquitectura, fotografía. Y en una época, en la que abría de noche, los estudiantes del Bellas Artes. Estaban todos los estudiantes tirados en el suelo dibujando el movimiento de mis clientes cuando juagaban al billar”.

 

Café Paradiso

“Me cuesta mantener el café. Por suerte tengo unas sobrinas maravillosas que jamás me dijeron “che deja de embromar con el café y los recuerdos y vamos a ver si le sacamos el jugo a esto”, afirma Amelia sabiendo perfectamente bien el valor inmobiliario que tiene el lugar ubicado en calle Rivadavia, frente a la Plaza España. Pero, también, sabe cabalmente el valor patrimonial y afectivo que tienen esas paredes. Es que el Tokio es el último en su especie y Amelia es la centinela del bar, la que cuida los recuerdos.

“No sé hasta cuando voy a seguir con el boliche. Por eso no tengo empleados. El día que yo diga hasta aquí llegué, bajo las persianas y chau, no tengo compromisos con nadie”, dice Amelia, pero instantes después vuelve sobre sus pasos. “Lloraría como una loca si cierro este bar. En algún momento va a pasar, porque ya tengo mis años encima”. Chiquita pestañea rápido, como para no dejar salir las lágrimas y pregunta: “¿Vos viste Cinema Paradiso? Bueno, yo me sentiría igual que Salvatore, si cierro el boliche. Con toda esa nostalgia, esa emoción por los recuerdos. Me dolería en el alma. Tengo miedo que llegue ese día. Mis clientes me cargan y me dicen que tenemos que hacer otra fiesta (cuando llegaron al centenario hubo festejos) para los 125 años”, dice Chiquita y en el salón casi vacío parece sonar la melodía de Ennio Morricone.

 

Texto: Guillermo Capoya

Fotos: Pablo Aguirre

Nombre de sección: Semblanzas y tradiciones

Edición: N° 53

 

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