Una profesora de francés que vive cerca de La Redonda. Una madre. Una escritora de ensayos en francés. Una hermana. Una aprendiz perseverante. Una amiga. Una lectora voraz. Una hija. Una colega generosa. Una narradora oral. Una actriz que no estudió actuación. Una mujer y sus búsquedas. Una poeta.

En Sandra Gudiño la poesía es un hábito cotidiano: “me levanta, me desvela, me abre la cama, ¿entendés?, me saca y voy hasta la mesa de la cocina, que tengo usurpada con libros y apuntes y una hoja en blanco”.

TS —¿Escribís todos los días?

SG —Hay muchos días en que solo tomo notas. Ahora tengo como consigna escribir sobre mi nuevo poemario. Pero cada día llega con algo distinto que trato de canalizar a través de la poesía. Me alegra mucho cuando las notas son “rentables”, porque les doy vueltas un par de días y terminan siendo un poema.

TS —¿Hay alguna hora que prefieras para escribir?

SG —Sí, la madrugada o las horas más tempranas. Ahí encuentro el momento, como Les Iluminations, al decir de Rimbaud, como el aware que antecede un haiku o el satori del budismo zen. A veces llego a ese momento desde la lectura.

TS —¿Y lees poesía todos los días?

SG —Sí, soy cada vez más y mejor lectora. Tanto leer me hace pensar que está todo dicho… pero no como yo lo quiero decir, por eso escribo. La lectura es como cultivar un jardín, un jardín con pequeños brotes que me gusta cuidar. Es algo cotidiano, como alimentarse también.

TS —¿Cómo comenzó este camino de la lectura y la escritura?

SG —Mi papá era muy lector. Estuvo durante un tiempo largo en la marina y ahí se hizo del hábito. Él fue el primero que me dijo “tenés que leer un libro: Hojas de Hierba”. También fue el primero que me regaló un libro de poesía: Todo el amor, de Neruda. Quería dedicármelo con un poema, por eso no me lo dio enseguida. Ese libro estuvo guardado durante un año en la parte alta del ropero y durante todo ese año yo lo leí sin que se dieran cuenta. Lo sacaba cuando no había nadie y lo devolvía a su lugar. Hasta que un día mi papá escribió su dedicatoria, muy tierna, y me dio el libro.

TS —¿Y qué leías a tan temprana edad, además de Neruda y Walt Whitman?

SG —A los 12 años me encontré con la poesía de Julia Prilutzky Farny, a través de las novelas de Alberto Migré. En esa época no había internet, así que para leer a esta poeta empecé a recorrer las bibliotecas. Luego mis compañeros de la escuela me regalaron Antología del amor, donde está el poema Racconto, que hago mío. Entonces digo yo también soy ‘unas veces puñal y otras herida’. El texto termina diciendo ‘Dame tus manos: ¿Ves? Mi vida es esto’. Ahí sentí al otro en la poesía, me encontré con el otro en la poesía de ella, que hice mía.

Sandra no escapa a los conflictos, como cualquier persona, ni tampoco escapa a los conflictos de una escritora con su escritura

fallecer, mi mamá me dijo ‘yo no entiendo nada de lo que vos escribís, pero dice Beatriz que sos buena’. Beatriz era maestra, una voz de autoridad para ella. Creo que esa distancia se debía a que mi escritura podía parecer intelectualizada, con citas en francés de Paul Valéry, por ejemplo. A pesar de eso, yo le seguía leyendo lo que escribía, buscaba un gesto, una mirada. A veces lo lograba, ella levantaba la vista por encima del tejido, cesaba el tic tic de las agujas y me decía ‘qué hermoso eso que escribiste’”.. Por eso, afirma: “escribo desde una incomodidad ligada a la falta de entendimiento. Un tiempo antes de

TS —¿Cuánto impregna la poesía tu manera de ser?

SG —Creo que tengo una ingenuidad que comparto con la poesía, como la infancia, que es ingenua y tiene esa pureza de no darse cuenta. Yo de adulta, muchas veces, no me di cuenta de actitudes que tenían hacia mi persona. Es muy naif eso. ¡¿Cómo no te vas a dar cuenta?! ¡Si sos grande! Bueno, yo soy así. Creo mucho en la gente, en la palabra, y en ocasiones me estrello contra la pared. Ese es mi modo naif de ser, que no tiene que ver con hacerme la niña, sino con la búsqueda de esa dignidad que tienen los niños, para decir las cosas tal cual son.

Sandra recorrió una parte del país con sus versos, ha integrado diversos grupos de escritores, es asidua concurrente a talleres literarios. A través de las redes sociales, su poesía cruza fronteras y establece vínculos con personas de otros países, que cultivan otras artes como la fotografía o el arte plástico. Ha publicado tres poemarios, en tres años consecutivos: Desnuda, en 2014; excepto amarte, en 2015, y Núcleo, en 2016. Es como si toda la vida se hubiera preparado para ese momento de intensidad poética. El año pasado significó una profunda revisión para ella, tal vez por eso decidió no publicar, sino más bien y perfilar sus búsquedas hacia nuevos horizontes estilísticos. Dos proyectos se han nutrido de este intervalo y verán la luz en el futuro.

Buscar nuevas formas de escribir, para ella, es buscar nuevas formas de ser: “si alguien me pregunta quién soy, le daría mis tres libros para que lea, en el orden que aparecieron. En cada uno de ellos afino más la definición de la palabra poesía y yo soy poesía”.

 

Texto: Mariano Peralta

Fotos: Pablo Aguirre

Nombre de sección: Literatura

Edición: 61

 

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