Hay líneas que vienen desde el nacimiento, como los pliegues de las manos, y hay otras que acontecen con los años, como las arrugas de expresión. Ninguna de ellas se elige. Pero algunas se graban por decisión propia y son las más contundentes. La tinta bajo la piel florece a la vista y son, entonces, una marca de voluntad y un sello distintivo, tatuado para siempre.

 

 

La trascendencia es una inmaterialidad que se persigue. El mismo afán se pone en ser único. Son desafíos intensos por salir de la común unidad, de ese igualitarismo genético que está por encima de las diferencias personales. En esa ambición por marcar la diferencia la piel aparece como una enorme geografía lista para ser atravesada.

Ese fue el viaje que, sin saberlo, inició Juan Gallino en su niñez: la búsqueda desesperada de sí en un territorio donde la creatividad era enorme para un cuerpo reducido. Empezó con lápices de colores, como la mayoría de los niños pero, cuando esa mayoría siguió el rumbo de los no destinados, él empezó a sentir una revelación: “sentí que el papel me quedaba chico. Pensé qué podía hacer. Tenía unos 14 años. Sin querer agarré un aerosol y pinté en una pared. Y dije que eso iba a durar más. Así empecé con los grafitis. Y seguí en un zanjón de cemento que después taparon. Si algún día lo abren, todo lo que dibujé seguirá estando ahí.”

 

No puede dejar de imaginarse una película futurista donde alguien, alguna vez, descubre esas pinturas en los muros de una cava. Podría ser un viaje sideral, un retorno a la tierra después de mucho tiempo. Un viaje. Juan viaja, también, cuando puede, y en esos viajes fundantes fue hallando nuevos estímulos.

Para entonces, como le había sucedido con el papel, las paredes comenzaron a quedarle chicas. “Empecé a incursionar en una máquina casera para tatuar, con herramientas rudimentarias y tintas chinas. Fui probando con amigos, eran tiempos donde no existían tutoriales. Tenía para entonces unos 16 años. Viajé a Mar del Plata ese verano y me volví con una máquina que conseguí allá.”

Los caminos de la tinta

Juan se enciende al hablar porque la pasión es una especie de ruta por la que se desliza. Las paredes eran pequeñas al lado de la piel. Eso es porque la piel es sagrada y ningún tamaño se le compara. En pocos centímetros, una persona que se tatúa lo hace por el resto de su vida, o al menos esa es la intención, aunque después se arrepienta, pero eso ya es una lección. Juan siguió aprendiendo: “entré a laburar a un local de ropa rockera donde también se tatuaba, y ahí seguí aprendiendo. Estuve, entonces, frente a dos caminos: o me iba a estudiar diseño gráfico a Córdoba o empezaba a trabajar en la administración de un instituto vinculado a la industria láctea, que fue lo que finalmente hice.” Y así va, con la piel tatuada bajo un uniforme que lo vuelve, por algunas horas al día, un hombre parecido a todos los que en Rafaela se cruzan con él en la calle.

 

Pasaron algunos años dedicados al estudio y, nuevamente, la pasión por dejar marcas en la piel quedó manifestada. Al momento de definir, primaron las ganas, y el desafío de hacerlo en una ciudad que por entonces no tenía la apertura que terminó mostrando. “Para que la sociedad abriera su cabeza a la experiencia del tatuaje contribuyeron mucho los medios, la televisión, las revistas, y ni hablar de Internet, que empujó al tatuaje al lugar que está hoy. Es como que pasó de ser un símbolo carcelario a una expresión artística que elegís llevar encima”.

Las metamorfosis

La experiencia creadora es un viaje y el recorrido geográfico por el mundo lo alimenta. “Recorrer lugares te pone en movimiento, te moviliza la cabeza también. Anduve por distintas provincias, viajé a México, Brasil, Chile. Me ayudó a improvisar y a amoldarme a las situaciones que se van dando. Me ayudó a crear. Hoy, cuando viene alguien a tatuarse y pide algo que está de moda, le propongo variantes para que ese tatuaje sea realmente único.”

 

Para sostener su identidad, Juan, fiel a sí, tiene dibujados a sus seres queridos, en medio de tormentas, de luces, de diamantes, de rosas, una máquina de tatuar, un aerosol, un rostro oscuro que mira el infinito. El cuerpo de Juan es un territorio conquistado, un mundo que parece de ficción pero que lo refleja.

Para el joven que demora el consumo de su gaseosa mientras habla, hay marcas que no solo están en la piel sino en el oído: “para mí la música es la vida misma, sin música no podría funcionar. Vengo del rock pesado pero con el paso del tiempo me abrí a otros géneros. Toqué en bandas, estudié canto. Con la música también me comunico”. Con la música y con la experiencia creadora de punzar la piel con una aguja cargada de tinta. Cargada de tinta y de expectativas, porque ahí reside la semilla de lo que aflorará, luego, como una ramazón permanente. El oído no solo se presta para la música: “Quien llega a tatuarse me cuenta historias. Se abre, me cuenta por qué se tatúa lo que me pide, eso me genera confianza para proponerle algo que potencie su idea. Esas son las sesiones que más me gustan. Pongo todo de mí ahí, estoy en la mía”.

La múltiple marca del destino

La suya. En singular lo dice, como si fuese uno solo y no varios en uno como lo es. Tatuador, dibujante, trabajador administrativo, músico, viajero.

 

Va marcando un mapa en la memoria y en los proyectos, con tinta indeleble y a flor de piel. La piel va acusando recibo de cada impacto y de cada sueño. Lo confirma: el tatuaje es un destino que se construye, una elección, un amor, una confidencia que, a diferencia de todas las confidencias del mundo, va por la vida gritándose a sí misma a los cuatro vientos. Como una boca en la mano, que habla por sí misma aunque no se mueva. Como una ironía, que no es otra cosa que algo refiriéndose siempre a algo más. Como el arte, en definitiva.

 

Texto: Fernando Marchi Schmidt

Makeup: Mariana Gerosa

Fotos: Pablo Aguirre

 

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